La Muerte y los objetos
La primera metamorfosis a la que se ven sometidos esos objetos es aquella que los convierte casi mágicamente y en cuestión de horas en “recuerdos”. Todos los objetos que integran ahora el inventario de “cosas que fueron del finado”, desde la ropa (que se constituye ahora como una de las pertenencias mas preciadas)hasta las fotos carné que guardaba en su billetera, pasando por sus muebles, cajas con fotografías, estampillas de algún santo, libros y revistas, suvenires del bautismo o de la comunión de algún sobrino o nieto, lentes bifocales y , de acuerdo con la profesión del occiso, máquina de coser, herramientas de carpintería, plomería, mecánica o electricidad, utensilios de cocina u otros, son atesorados ahora como una reliquia egipcia o una vasija encontrada en las ruinas de Pompeya y Herculano. Cabe mencionar, además, las emotivas entregas en herencia de los objetos que verdaderamente le fueron simbólicos en vida, a los familiares directos tales como: su anillo de casado, si lo era, alguna cadenita con medalla que tenía un valor especial para él , una pulsera o reloj que a su vez también había pertenecido a algún otro familiar querido del presente difunto. Señalaré, por último, que cuando se trata de objetos de oro o plata o de valor material en general suelen suscitar un dilema moral en el heredero, que lo recibe en parte emocionalmente y en parte pensando que si pudiera venderlo estaría en ocasión de comprarse algo que deseaba desde hace rato y para lo cual hacía falta tener un extra de dinero adicional. En cualquier caso si quien lo recibe se ve dominado por esta última tentación ultrajará la memoria del difunto, pasado un plazo mínimo de tiempo en el que desaparece ese halo simbólico y emotivo que rodea al objeto del fallecido (es decir, de una semana a diez días), y se entregará desbocado a la tarea de echar a andar por el mundo la pieza que le fue confiada, con esa impersonalidad que poseen los objetos más preciados por su valor en el mercado que por haber sido testigos del tránsito mortal de un individuo. Y me olvidaba de un detalle, cuando le pregunten por la ausencia de dicha pieza se excusará con la viuda y sus hijos diciendo acongojado, casi entre lágrimas, que le fue robado en el transporte público de pasajeros.
De tal forma, y siguiendo con la inexorable marcha de distribución de los “objetos de un difunto”, los elefantes que llevan en la trompa un billete para propiciar la riqueza, (y encontramos más de quince en la repisa de una tía solterona que terminó sus días soñando con “agarrar” las cuatro cifras de la quiniela nacional) se distribuyeron entre las dos hermanas que quedaban, sus sobrinos, sus sobrinos nietos y una vecina que le hacía los mandados. Junto con esto se repartió también un juego de platos, playos y hondos, vasos y copas, de cognac, de whisky, de vino; un modular, la totalidad de sus agujas de tejer, sus polleras, sus blusas, sus enaguas , sus sacos de lana y sus mañanitas. Un ropero, su máquina de coser, sus zapatos y medias, las y los que sirven, el costurero, un rosario que colgaba del respaldar de su cama de dos plazas, comprada antes de que un inconsecuente novio de la juventud la abandonara en el altar con todo y regalos. Cadenas, crucifijos y anillos de oro de poco valor, un espejo grande, una cómoda y algunos platos de pared.
La distribución de los objetos personales de un difunto tiene algo de omnipresencia y algo de oscura predestinación. Omnipresencia en el sentido en que esas pertenencias que ahora gozan de nuevo domicilio, son y serán para siempre, mientras subsista su memoria en la familia, una evocación del fallecido, por ejemplo: “alcanzame el costurero de la tía” o “ tené cuidado que esos eran los vasos del abuelo”, etc. El carácter de oscuro predestinamiento tiene que ver con qué objeto ha elegido cada familiar para atesorar y que forma parte de un costado en particular de la vida del fulano muerto, a saber: las memoriosas y memoriosos de la familia guardarán las fotos y evocarán los eventos trascendentes que quedaron plasmados en ellas para siempre; a los hombres de mediana edad, en caso de que el fallecido sea varón, se les otorgará la custodia de sus camisas, corbatas, pantalones y sacos que tendrán que mandar a achicar; los más conservadores tendrán a su cargo la perpetuidad del oficio que dignificaba el occiso cuando, quizá, llegó a estas tierras “con una mano atrás y otra adelante”.La elección en cada caso revela el carácter de sus deudos y hasta llegan, a veces, a provocarse folklóricas disputas pugilísticas por tratarse, o bien de una carencia de objetos requeridos por más de un familiar o bien de una mayoría de familiares pendientes de la entrega de un objeto único. En tal caso la decisión de la viuda, los hijos o quien sea el titular en el reparto de bienes del fallecido, dará qué hablar al resto de la familia durante varias reuniones; y hasta podrá ocasionar la exclusión de los mismos en más de un encuentro.
Para finalizar, me permito esbozar la hipótesis de que, un gran porcentaje de objetos que descansan hoy en nuestros placares, repisas, cómodas, paredes y modulares, pertenecieron a algún familiar muerto en la familia. Y que junto con nuestras pertenencias, llegado el momento en que pasemos a integrar la lista de difuntos titulares de una distribución de objetos, algún día superarán en número a la enfebrecida voluntad de producción de los hombres de hoy, que se sienten inconscientemente aterrados de sentir cercana la sombra que proyectan los objetos que fueron de los muertos.

