¿Chusmerío de Barrio o Inteligencia encubierta?
Ya sea con el oficio de custodiar edificios (mal llamado “portería”), o detrás de los mostradores de panaderías y despensas, o bien con la sola ocupación de “hacer los mandados”
(porque a su edad gozan de jubilación o una pensión por viudez) estas señoras hormiguean laboriosamente, durante las mañanas y las tardes que suman frustraciones a nuestros deseos de eterna juventud. Estas “comadres” a las que uno, por costumbre quizá, saluda indiferentemente y que es tan habitual tener por vecinas (y aquí un irónico Borges preguntaría: “Vecinas a qué…”) poseen la valiosísima información de nuestras actividades y rutinas.
Con el sistema más antiguo del mundo, utilizado para que la memoria de los pueblos no fondeara en las insondables plataformas del olvido, ellas transmiten oralmente la información acerca de quienes somos, la edad que tenemos, ocupación, oficio o profesión, estado civil, composición familiar y otros accidentes sociales.
Nunca olvidaré la estupefacción que sentí cuando, con motivo del fallecimiento de mi padre, recién llegados de su entierro en suelo santo y sin haber notificado en el barrio tal suceso, la señora que atiende un improvisado kioskito inaugurado en la ventana de una habitación cualquiera de su domicilio particular, me dijo que lamentaba mi pérdida y, persignación mediante, manifestó su deseo por el descanso eterno de mi progenitor en ese Cielo “del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” reservado para las almas nobles.
Días después y con el entendimiento más claro debido al impacto de tal evento, deduje que tal información la había extraído de sus exaustivas requisas a la sección “Necrológicas” del matutino de nuestra ciudad. Pero mi horror no concluyó en esto, sino en las posteriores cojeturas que, mediante el empleo de la lógica (si es que alguna me quedaba entonces), realicé como lectura de tan llamativo hecho, al menos para mí. Primero: para saber que el fallecido era mi padre debía contar con la información de los datos filiatorios entre mi padre y yo. Segundo: debería saber además quién era la persona física que fue mi padre y a eso sumarle la pericia de saber quién era la persona física de su hijo, en este caso yo. Tercero: ya poseedora de esos datos, sostener la soltura (o desfachatez) de darme a conocer su entendimiento acerca de la antedicha información perteneciente a mi padre y a mí. Todo esto me horrorizó por un instante.
Deduje además que muchas de estas “comadres” que conviven entre nosotros, bajo la piel de afables vecinas de barrio, hacen un minucioso trabajo de inteligencia conformando un inventario, a veces incluso, de las cuestiones más intimas de nuestra circunstancia terrena. En este punto no sería inútil advertir acerca del peligro de esta actividad que se desarrolla de la manera más inocua delante de nuestras narices. Por ejemplo, la información que estas “comadres”( y no sería aventurado llamarlas “comadrejas”) poseen de los movimientos de una familia tipo en sus actividades cotidianas, horarios escolares de los niños, de trabajo de los padres y de sus actividades extracurriculares pueden, develados ante una oreja oportunista, favorecer el desvalijamiento de su domicilio y de todo lo que en el inmueble se encuentre.
La noticia del cobro de una jubilación o pensión, trasladada incluso por ellas mismas, puede derivar en un atraco y sustracción del cambio chico que perciben a tal efecto. Las intrincadas precauciones de un esposo infiel para no ser descubierto en el curso venturoso de sus amoríos pueden desvanecerse con la inocente mención, en una carnicería por ejemplo, de una rutina traicionada o por la sola denuncia de que fue visto con “una chica muy linda floreándose por el barrio” en ausencia de quien fuera su esposa, casada con el indivíduo en primeras nupcias.
Sabido es que los servidores públicos representantes de la Ley en las calles conocen bien este sistema de inteligencia “parapolicial” y son los primeros en acudir a ellas ante el hallazgo de un occiso en una propiedad horizontal o en sendos edificios céntricos. Ellos sin saberlo comparten la misma vocación de sondear las actividades de civiles en el devenir diario de sus ajetreadas vidas. Y no sería desacertado aquí exponer la teoría de que estas “comadres” forman parte de una Agencia Secreta de Inteligencia Encubierta creada a los efectos de mantener controladas todas nuestras actividades.
Llegadas a cierta edad deben ser rigurosamente seleccionadas y perciben entrenamiento en tareas de espionaje, seguimiento y sistemas rudimentarios de lenguaje en código. Estos sistemas, luego, son disfrazados en pequeñas libretitas o tikets de supermercado en forma de anotaciones de quiniela. Una vez realizadas sus pericias transmiten probablemente a los quineleros, lo que ellas en su jerga ocultan como “su jugada”. El comprobante que retienen finalizada la operación son las órdenes en donde figura el inicio de una nueva misión asignada. Estos “quineleros”, por otra parte, también son agentes encubiertos que oportunamente fueron entrenados por el mismo sistema, que ocasionalmente les impartió tales conocimientos en los planes vacacionales dedicados a la Tercera Edad.
Es durante esos lapsos, en que las madres deben explicar a sus pequeños que “los abuelitos se fueron de vacaciones a Mar del Plata”, que reciben tal instrucción. Si uno agudiza sus sentidos lo suficiente se da cuenta que traen otra mirada en el semblante. Claro, este cambio no es notorio porque se supone que vinieron más distendidos. Pero la verdad oculta detrás de esos rostros tiernos, remarcados por el desvanecimiento de la juventud, es que con los conocimientos adquiridos por la instrucción, ahora cuentan con el respaldo de una de las mejores Agencias de Inteligencia del mundo. Ya en posesión de tales destrezas tienen carta libre para zambullirse en el invisible arte que derrotó naciones y desactivó a tiempo los más cuidados planes para dominar el mundo: el Arte del Espionaje.
Por último, y habiendo llegado a estas conclusiones por el método empírico, me he vuelto más precavido. Altero mis rutinas diariamente para que no puedan llegar a la certeza de mis horarios. Ya he cambiado de ocupación varias veces en la última semana, haciéndome pasar por cardiólogo, vendedor de libros de cocina, ingeniero en físico-química, astronauta y empleado de correos. En mi casa las precauciones no son menores, ya me he acostumbrado a encender las luces con los pies, apago los cigarrillos con el matafuegos y fundé una granja en el fondo para no tener que salir a hacer las compras y sentir ese silencio amenazante que interrumpía sus conversaciones de repente cada vez que cruzaba el umbral de la panadería, saludándolas con un inocente: ¡Buen día!


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