Humano Contradictorio

El Bien y el Mal tejen su furiosa lucha en el espíritu humano. La contradicción y el Caos nos habitan como agujeros de gusano de nuestra voluntad. Por esto Humano Contradictorio es la Bitácora existencial de un género ininteligible: El Ser Humano... Para revelar las falacias del hombre en los tiempos que corren...

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Location: Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina

Poeta nacido en la ciudad de Mar del Plata. Artista multifacético, autodidacto, ecléctico, cosmopolita, inalámbrico, romboidal, poliomelítico, paleolítico, criogénico, monocorde, costumbrista... precámbrico. Escritor, cantante, fotógrafo, taxidermista, arriero, domador, estilista, vanidoso, egocentrista de vanguardia, fauno, microbio de naturaleza ociosa. No obtuvo premios en el año 1994 (año en que se inicia en las letras), asi como tampoco en el año 1995, 96, 97, 98, etc. hasta la actualidad... en la que aún no ha obtenido premios. Artista consagrado a una vida sencilla(por no decir simplona): consagrado al ayuno, a la pobreza, a la miseria y a la falta de solvencia. Por ultimo podemos decir que es un artista con un futuro provechoso...si lograra dedicarse a otra cosa... puesto que su fama es de intrascendencia local, nacional e internacional.

Friday, November 10, 2006

La Noticia como Vocación de Horror


En los árduos talleres literarios (que acaso fueron cómplices mudos de nuestros primeros errores) se nos ejemplificaba que, un “cuento” es un recorte de la realidad y de los sucesos que atraviesa un personaje. Leer ese “recorte” nos acerca, como espiando por una cerradura, a la circunstancia que constituye su mundo y la situación que el autor permite que veamos. Este hecho es “la noticia” que dicho autor nos refiere acerca de un avatar por el que transita el protagonista de su creación.
El “recorte” que sufre la realidad de tal protagonista, es un ocultamiento del resto de sucesos que componen su tránsito literario. Y que, por otra parte, no son necesarios anexar al relato para entender en qué consiste su peripecia. De la misma forma, en el momento en que los hombres hicieron propia la necesidad de recibir “noticias”, sobre aquello que sucedía y era ajeno al alcance de su percepción directa, la realidad comenzó a sufrir recortes.
Estas noticias, en sus comienzos, dieron a los lectores una sensación de dominio acerca de hechos que, no habiendo sido percibidos por ellos directamente, podían “conocer” con la mínima actividad de comprar una gazeta o un periódico cualquiera. A partir de entonces, los lectores tenían la posibilidad de “espiar por la cerradura” otras realidades cercanas en tiempo, y protagonizadas por personajes reales, factibles de encontrar en su misma realidad pero con la comodidad de no ser participes de ella.
Este dominio de la información acerca de lo ocurrido, fue tan grande que terminó por seducir al hombre común, atareado por el ajetreo cotidiano de llevar adelante su desarrollo y desempeño en sociedad. Con sólo hojear los periódicos locales, cualquier indivíduo podía sociabilizarse, hacer negocios, escandalizarse y condenar a sus congéneres que trasgredían las normas sociales establecidas. La noticia de actividades ilegales, sucesos criminales y avatares humanos, conmocionaban a la sociedad toda que se enteraba de lo acaecido en las ultimas horas. Con esta costumbre de estar al tanto de lo que sucedía en el día o en las últimas horas, se dio a luz el concepto de “actualidad”.
Como una especie de “fiebre del oro”, el impacto de las noticias recientes ganó la buena disposición de los lectores y los introdujo en un mundo, en el que lo importante era “estar enterado de todo lo que pasaba”. Pero aquí fue que los editores empezaron a tomar sus distintos rumbos. Debido a la competencia por obtener “el hecho más llamativo de la jornada” empezaron a tentar a los lectores ofreciéndoles, lo antes posible, este tipo de noticias, aunque tuvieran que recurrir al engaño para conseguir su cometido. La prioridad era poder obtener de la realidad (esa mina de oro de sucesos) los más extraños, sobresalientes y escabrosos hechos para, de esta manera, conmover a la opinión pública.
Esta euforia por sorprender las apacibles vidas de personas que eran sólo meros espectadores de lo que ocurría, llevó a dos desagradables sucesos: potenció de alguna forma las pervertidas intenciones de indivíduos deseosos de ganar fama a través de sus actividades, criminales o no; y, generó un in crescendo en la ansiedad de los lectores que esperaban ser conmovidos cada vez más por los, cada vez más, escabrosos sucesos que se publicaban.
Como una novela interminable de “realidades”, los lectores se volvieron ávidos consumidores de todo lo que era escandaloso hasta decir basta, y de todo lo que les causaba una suerte de agresión moral. La noticia, ese recorte de la realidad de todo lo que sucede, terminó por imponerse finalmente como un hábito de aquellos que, tal vez, tenían la imperiosa necesidad de “dominar la información”.
Los tiempos fueron creciendo en agresividad y en violencia, y los hechos publicados se tornaron cada vez más horrorosos. Noticias de violaciones, descuartizamientos, injusticias sociales y perversiones que llegaban al límite de lo escatológico, se volvieron habituales. Y más habitual se volvió, el hecho de estar al tanto de los espantos publicados en los periódicos y noticieros, cuando la tv hizo su aparición.
Contando con el servicio de recibir noticias por televisión, uno ya estaba en ocasión de “disfrutar” de los desastres naturales de un ciclón o un tornado que sucedía en Hawai sin la incomodidad de padecerlo. Pero el colmo de lo espantoso sobrevino con lo que, creo, fue la mayor de todas las tragedias: televisar una guerra en vivo y en directo. Por ese entonces, nos convertimos en los espectadores, ciertamente indignados, de la matanza indiscriminada de seres humanos. No importa por qué razones de orden político, económico o religioso, se “justificaba” los genocidios de las grandes potencias. Potencias a las que les molestaba mucho que haya otros seres humanos que pudieran prescindir de comprar una hamburguesa, tener tarjeta de crédito o permitirse la audacia de prohibir la internet en el territorio de sus “paises en vía de desarrollo”. Esto último fue el eufemismo con que se denominó a las naciones que se resistieron (y tal vez aún lo hacen) a la globalización de sus costumbres sociales.
La violencia, de la que somos “cómplices mudos” (en esa larga lista de errores humanos), nos ha llevado a sostener una vocación por el horror. Abrimos los periódicos “para ver lo que está pasando” o “porque no se puede vivir desinformado”. Pero, aunque indignados, no podemos dejar de seguir consumiendo esa “realidad” que nos proponen los grandes medios. El diccionario de la Real Academia define como “Morboso” a lo siguiente: 1.adj. Enfermizo, 2. Que causa enfermedad o que concierne a ella. 3. Que provoca reacciones moralmente insanas o que es resultado de ellas. Si bien aquí no se trata de un problema de definiciones, esa “necesidad” de estar informados nos ha encerrado en un círculo obsesivo, compuesto de una permanente indignación sobre lo que nos enteramos. Pero esto no consigue alejarnos del espanto de sorprendernos por los hechos más aberrantes, concebidos en “la realidad”.
En el perfil de cualquier adicción, los psicólogos reconocen el siguiente patrón de conducta: el adicto se obsesiona con determinado objeto, persona, situación o substancia, recurrentemente. Esa recurrencia se convierte en una espiral ascendente en la que cada nueva espira (su diámetro) es mayor. Como consecuencia de esto, el adicto necesita cada vez más de ese objeto, persona, situación o substancia para calmar su ansiedad y no entrar en el período de “síndrome de abstinencia”. La necesidad es cada vez mayor, como el diámetro de las espiras, y esto termina por ocasionar un trastorno de su personalidad y de sus acciones, por lo tanto se lo excluye. ¿Pero que sucede cuando esos “trastornos” se vuelven naturales? Decía Julio Cortázar que “en un universo monstruoso no hay monstruos”. Por lo tanto unas conductas monstruosas compartidas por toda una sociedad son lo “habitual” o lo “más normal del mundo”. Como consecuencia de esto, los excluídos por esa sociedad son los que no adhieren a tales conductas necesarias de ahí en más, para sostener esa nueva “normalidad” en el libre desarrollo de sus monstruosas actividades.
Aunque no seamos partícipes directos de los hechos más aberrantes de los que tenemos noticia, nos hemos vuelto adictos a esa tal “realidad”. Somos “testigos encubiertos” de los más intolerables agravios que se cometen en cualquier parte del mundo, por el sólo hecho de vernos “obligados” a estar permanentemente informados.
Me pregunto que sucedería si en algún momento, un hecho fortuito nos privara de la televisión y los periódicos. Cómo nos sentiríamos, en qué ocuparíamos el tiempo. Cuáles serían nuestras conductas que, por el momento, se encuentran teñidas con las imágenes de todos los horrores, hasta el momento posibles. Qué pasaría si, un día cualquiera, nos despertáramos y constatáramos la ausencia de los grandes medios, imposibilitados de seguir ofreciéndonos esa interminable novela de espantos, a la que, con toda naturalidad, hemos terminado por aceptar y denominamos “la realidad”.

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