Humano Contradictorio

El Bien y el Mal tejen su furiosa lucha en el espíritu humano. La contradicción y el Caos nos habitan como agujeros de gusano de nuestra voluntad. Por esto Humano Contradictorio es la Bitácora existencial de un género ininteligible: El Ser Humano... Para revelar las falacias del hombre en los tiempos que corren...

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Location: Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina

Poeta nacido en la ciudad de Mar del Plata. Artista multifacético, autodidacto, ecléctico, cosmopolita, inalámbrico, romboidal, poliomelítico, paleolítico, criogénico, monocorde, costumbrista... precámbrico. Escritor, cantante, fotógrafo, taxidermista, arriero, domador, estilista, vanidoso, egocentrista de vanguardia, fauno, microbio de naturaleza ociosa. No obtuvo premios en el año 1994 (año en que se inicia en las letras), asi como tampoco en el año 1995, 96, 97, 98, etc. hasta la actualidad... en la que aún no ha obtenido premios. Artista consagrado a una vida sencilla(por no decir simplona): consagrado al ayuno, a la pobreza, a la miseria y a la falta de solvencia. Por ultimo podemos decir que es un artista con un futuro provechoso...si lograra dedicarse a otra cosa... puesto que su fama es de intrascendencia local, nacional e internacional.

Friday, November 10, 2006

Mantra TV (o el hipnotismo de la Imagen Posmo)

En casi todas las tradiciones religiosas, pre-religiosas y tribales se encuentra un factor común. Este factor podría catalogarse de fundamental para llevar a cabo una conexión con las fuerzas del universo, que nos sería imposible entender con el sólo esfuerzo de nuestro razonamiento. Dicho factor, presente en casi todas las tradiciones, es: la repetición.
Si la fé mueve montañas, una frase breve, una oración o un mantra repetidos mil veces serían capaces de derrumbarla. Según las más antiguas tradiciones(algunas desaparecidas otras inaccesibles para el occidental curioso) la vibración de un sonido puede partir las rocas como sucedió con los hebreos que derrumbaron las murallas de una ciudad con el solo toque de sus trompas. Un sonido repetido cuantas veces sea posible, genera un estado de trance o hipnotismo que, como han experimentado místicos, yoguis y santos, tiene el poder de liberar la esencia divina que habita en nosotros.
Pero aquí cabe resaltar algo que quizá atenta contra las variadas y disímiles definiciones de “hombre” que nuestra civilización ha dado, tales como: “el hombre es un animal de costumbres”, “el hombre es un ser social”, “el hombre es un ser político”, etc.
Y lo curioso es esto: aunque nuestra era se supone científica (y pareciera que la lógica y la razón son la antinomia de la creencia) nuestras conductas revisten, aunque de forma elemental, un carácter religioso y hasta litúrgico.
Desde el psicoanálisis hasta el marketing, desde el “Bolero” de Maurice Ravel hasta “las tendencias sociales y de mercados”, nuestra vida está constituída por repeticiones, a las que algunos prefieren detestar bajo el pseudónimo de “rutina”; y liturgias, a las que se prefiere eufemizar como “buenas costumbres” o “protocolo y ceremonial”. Y no me atrevería, por esto, a sumar una definición más acerca del hombre, de las tantas que se han acumulado ya en el inconciente colectivo de nuestros congéneres; a saber: “el hombre es un ser religioso”. No, definitivamente no, en lo absoluto. Porque el hombre, como tal, quizá fue (y recalco el pretérito) un ser religioso, pero ya no lo es. Ahora es quizá (y volvemos al juego de las definiciones) “un ser litúrgico.”
Repetimos conductas, ceremonias hieráticas, frases aprendidas, citas de autores, noticias y chismes que “alguien me dijo”, fórmulas publicitarias. Los hombres de negocios se saludan en la más estructurada solemnidad para luego dialogar entre pleonasmos y maltratadas definiciones como las anteriormente mencionadas. Los psicoanalistas reciben a sus pacientes (a los que algunos malintencionados llaman “víctimas” o “clientes”) en esa suerte de confesionario que son sus consultorios y venden sus indulgencias al Yo tripartito de sus atormentados feligreses. La formalidad con la que se atiende en en ciertos restaurantes y hoteles de categoría es, a su modo, una liturgia de servicio al cliente( quien es una especie de caprichoso indivíduo que “siempre tiene la razón”)
La ceremonia o “rutina” de arreglarse a la mañana para ir al trabajo o a cumplir con cualesquiera de las obligaciones humanamente posibles, es veladamente un prepararse para ir a la iglesia del pueblo (en este caso ese pueblo sería la sociedad toda ante la cual debemos respetar ciertas formas). Los caballeros se bañan, se afeitan, cortan o recortan sus barbas y pelo, se visten, se perfuman y salen; las mujeres se embellecen a más no poder (y existen algunas a las que no les hace falta nada para cumplir con este ítem pero de todas formas sucumben a la “tendencia” en un frenesí cuasi bacanal) con cremas de todo tipo, pinturas, rouges, rimmel y otros productos que la ciencia (porque ahora es una cuestión científica) ha puesto al servicio de la estética integral.
Lejos de conducirnos a un estado de conciencia superior o de descubrir nuestra esencia divina, las repeticiones que hoy nos rodean (y pido disculpas al potencial lector indio o tibetano) son mantras confeccionados, primordialmente, por psicólogos, psicoanalistas y demás hipnotizadores profesionales que las grandes empresas contratan para desarrollar sus campañas publicitarias. Es decir, la repetición incesante de una publicidad gráfica, radial o televisiva nos va seduciendo y adormeciendo como el péndulo que antaño sostenían los primeros patriarcas del psicoanalisis y otros mentalistas.
Es la constante inducción visual y auditiva la que nos va anestesiando, la que va relajando nuestro ímpetu de acción para reducirnos a la pasividad de ser los meros espectadores de este “Gran Teatro de Revista Gran” cuyas vedettes son las marcas y productos de las Imponentes (no de majestuoso o fastuoso sino de imponerse o imponer) Multinacionales.
Me arriesgaría a decir , además, que según ciertos casos en los que se desata la competencia por ofrecer más y más servicios y valores agregados, algunas compañías nos invitan a las comodidad (o inmovilidad) de no tener que salir de nuestros domicilios puesto que ¡¡PODEMOS COMPRAR POR TELÉFONO Y POR INTERNET!! (quién sabe si arqueólogos, antropólogos, historiadores y sociólogos de un futuro inimaginable, no tomen esto último “como una de las grandes ideas que aquella civilización desaparecida”…quién sabe)
Contando con este revolucionario servicio de compras, seguramente nos quedará más tiempo para poder disfrutar del confort. Podremos reposar nuestro cuerpo en un cómodo sillón, desde el que, con un solo y preciso movimiento del dedo pulgar tendremos la posibilidad de elegir, por ejemplo, uno de los cuarenta o cincuenta canales de música que existen. Será entonces cuando, entregados al tibio veranito de los rayos catódicos, y sin otra necesidad que la de mover sólo una falange nos reconfortaremos viendo las simbólicas y repetitivas imágenes (y en esos canales abundan) que nos sumerjan en esa hipnósis de los Mantra TV.

Indignación y Testamento de un Antiguo Habitante del Infierno


Señor Juez:

Esto jamás pensé que pasaría. ¿A ud. le parece? Antes uno podía caminar por estas tierras infernales disfrutando de las oleadas de fuego que, allá abajo en los valles, incendiaba el alma de los impíos. Yo he sido un alma errante toda mi vida y he sufrido todos los tormentos que en este infierno me han tocado, pero esta “nueva ola” es indignante. Uno camina entre restos de electrodomésticos; los demonios ahora se dedican a hacer “bussines” en vez de hacer su trabajo, créame las llamas ya no arden como antes.
En los ríos antes infectados de sangre y alimañas de donde llegaban las almas de los muertos que debían ser condenadas, ahora han puesto un “store” con venta de todo tipo de cosas para que, antes de ser enviados a las sucesivas cámaras de tortura, consuman todo tipo de suvenires que allí venden. Los impíos son recibidos por amables promotoras, porque ahora les llaman asi a los antiguos “demonios de la carne y la lujuria”, que los invitan a pasar a ese acondicionado lugar en donde antes había unas parrillas en la que los condenados eran puestos sobre brasas que ardian pero no quemaban, puesto que eso era sólo una muestra de lo que éramos capaces aquí abajo. Una vez ingresados en ese “store” les cuelgan unos simpáticos collares hechos de huesos (imitación en plástico por supuesto) con calaveritas que sonríen y sacan la lengua. Para no hablarle de las galeras de cotillón color rojo o naranja flúo que les entregan inmediatamente junto con un “mapa del parque de diversiones” cuya atracción principal es el “tren fantasma”.
Entiendo que este ejercicio tedioso de la nostalgia puede no interesarle en absoluto, pero le juro que en mis tiempos la cosa era distinta. El Lucifer, el Angel Caído, el Portador de la Luz, la Estrella de la Mañana, el mismísimo Satanás junto con sus huestes de Comandantes y Generales, recorrían personalmente cada rincón de este sitio. Y guarda que uno no estuviera cumpliendo con el tormento que tenía designado ahí si que la cosa se ponía complicada. Si al pasar los Altos Mandos del infierno uno se había acostumbrado ya al martirio y al dolor, se lo llevaban con unas tenazas de las pestañas hasta la cima del Monte más alto y más antiguo y desde allí lo despeñaban . Mientras iba en caída libre era interceptado por un águila (la misma que devoraba el hígado de Prometeo) quien lo tomaba a uno por el abdómen y el pico del águila lo destrozaba hasta caer uno partido a la mitad. Una vez abajo se encontraba a la orilla de un océano de sangre negra que permanentemente remitía desechos humanos de toda clase. Ahí mismo aparecían unas deformadas criaturas que se llevaban esos restos para fabricar el combustible que alimenta las calderas desde donde se distribuye el fuego que llega a todas partes. Entonces uno, cortado por la mitad, era remitido al taller de los “Viejos demonios Remendones” en donde era cosido con hilo de tendón humano y no le cuento lo que dolía ser atravesado por las agujas que esos brutos despiadados tenían. De ahí al condenado se le reasignaba un nuevo sufrimiento.
Lejos quedaron esos tiempos frente a estos en los que cada región del Infierno ha sido entregada en comodato. Ahora si el condenado, una vez que llega, posee la suficiente solvencia como para franquiciar una parte, región o lote, se sienta en una rueda de negocios en donde se les explica los beneficios de poseer “en exclusividad” alguna de las “oportunidades que quedan en cartera”. Esto es un bochorno, fíjese ud. que el tan temido Satán se presenta con un maletín, como si fuera un agente inmobiliario, y en una sala de conferencias adecuada a tales efectos con un proyector de imagen, les muestra las innumerables propiedades disponibles porque , como lo he escuchado decir habitualmente, “ya nos está quedando muy poco”. Allí, a los poderosos magnates que fueron enviados aquí por sus “pecados en la terrena vida”, convidados con un “excelente catering” y acompañados por unas secretarias que se les provee por el hecho de acceder a esta ronda de negocios, se les exhibe una proyección (de la que no me a trevo a mencionar los famosísimos actores que se prestaron para hacer este filme ) en la que se cuenta cómo desde hace ya muchos años quisieron darle “un impulso nuevo” a este Infierno que estaba siendo cada vez más, un lugar poco habitable.
Le resumo lo que se muestra en ese video: primero comenzaron por construir espacios recreativos para los millonarios que se quejaban por el trato descarnado que se les daba. Entonces al ver que esos lugares eran consumidos más y más, dada la gran cantidad de “nuevos millonarios” que aparecían en la tierra desde la cual se toman las almas que vendrán a este lugar, la industria fue en aumento. Como la capacidad de estos lugares fue colmada empezaron a construir barrios privados en donde estos magnates habitaban y “se codeaban con gente del ambiente”; estos barrios contaban además con seguridad que les proveía el lugar. Esa “seguridad” eran unos demonios terribles, los más despiadados que haya conocido alguien alguna vez, y como ve ellos tambien tuvieron que sacrificarse siendo vestidos con ridículos uniformes. Me acuerdo que uno de ellos se quizo rebelar y terminó, fíjese ud. lo que es el destino, enviado al Cielo en donde fue convertido en ángel guardián de los niños pequeños. Después de eso los otros no tuvieron opción. Luego esa proyección muestra cómo pasaron a la venta indiscriminada de espacios para instalar grandes mercados de abastecimiento, restaurantes de comidas rápidas y edificios dedicados a la estética en general.
Una vez terminada la proyección, los que ya se han decidido por algún ramo de los que se comercializan, firman un contrato de explotación por el que deben abonar un canon a la Oficina de Fiscalización de Espacios Cedidos por “El Infierno S.R.L.”. Allí los felices acreedores a la explotación de estas flamígeras tierras celebran junto a Satán con todo tipo de bebidas y toman fotografías para recordar el evento. Incluso desde hace algunos años (terrestres por supuesto) han ido más allá con este tipo de negocios y crearon lo que se conoce en la tierra como “Cementerios Privados”. ¡Pero mire ud.! Los demonios que antes eran mandados a la tierra a atormentar el alma de los hombres con todo tipo de tentaciones y dudas existenciales ahora tienen el trabajo de difusión y venta de espacios desde los cuales, cuando alguien compra una parcela, una vez muertos llegan en un catamarán a estos lugares, y no por el Río de los Muertos como se hacía tradicionalmente.
Es por esto, Señor Juez, que ya me es imposible seguir aquí en donde a uno ya ni se lo atormenta, ahora a todos los que andábamos más o menos sin rumbo nos han dado la tarea de vestir uniformes y barrer los parques de diversiones que aquí se han instalado. Atendemos los “minishops” de las estaciones de servicio que se han construido y las casas de comidas rápidas, somos empleados en grandes cadenas de hipermercados y entregamos folletos en la entrada del Infierno a los ilustres millonarios que vienen con la esperanza de “poder negociar su estadia en estas tierras”.
En mi vida cometí muchos errores y eso fue lo que me condujo directamente a este lugar en donde antes uno podía ser torturado como es debido. Pero lo que está sucediendo ahora es indignante. Por eso, Señor Juez, dejo escrito de mi puño y letra este testamento final en donde expongo las razones por las que, y respondiendo a una vieja práctica ejecutada hasta hoy allá en la Tierra, pienso suicidarme arrojándome desde el Monte más alto y más antiguo de este lugar en donde ahora funcion a un parque acuático. Así que ahora me voy hasta allá para fingir que voy a utilizar el tobogán acuático y así poder acceder al Despeñadero de las Almas, eludiendo niños en malla y charlatanas mujeres que esperan su turno en dicho tobogán. A ver si de una vez por todas, tengo la suerte de caer y que el águila me destroze con su pico por completo para poder terminar mis días, aunque más no sea, como combustible de estas llamas que ahora han sido ultrajadas, también, por los grandes sistemas de aire acondicionado con que cuentan estas tibias tierras de lo que alguna vez se llamó Infierno.

La Noticia como Vocación de Horror


En los árduos talleres literarios (que acaso fueron cómplices mudos de nuestros primeros errores) se nos ejemplificaba que, un “cuento” es un recorte de la realidad y de los sucesos que atraviesa un personaje. Leer ese “recorte” nos acerca, como espiando por una cerradura, a la circunstancia que constituye su mundo y la situación que el autor permite que veamos. Este hecho es “la noticia” que dicho autor nos refiere acerca de un avatar por el que transita el protagonista de su creación.
El “recorte” que sufre la realidad de tal protagonista, es un ocultamiento del resto de sucesos que componen su tránsito literario. Y que, por otra parte, no son necesarios anexar al relato para entender en qué consiste su peripecia. De la misma forma, en el momento en que los hombres hicieron propia la necesidad de recibir “noticias”, sobre aquello que sucedía y era ajeno al alcance de su percepción directa, la realidad comenzó a sufrir recortes.
Estas noticias, en sus comienzos, dieron a los lectores una sensación de dominio acerca de hechos que, no habiendo sido percibidos por ellos directamente, podían “conocer” con la mínima actividad de comprar una gazeta o un periódico cualquiera. A partir de entonces, los lectores tenían la posibilidad de “espiar por la cerradura” otras realidades cercanas en tiempo, y protagonizadas por personajes reales, factibles de encontrar en su misma realidad pero con la comodidad de no ser participes de ella.
Este dominio de la información acerca de lo ocurrido, fue tan grande que terminó por seducir al hombre común, atareado por el ajetreo cotidiano de llevar adelante su desarrollo y desempeño en sociedad. Con sólo hojear los periódicos locales, cualquier indivíduo podía sociabilizarse, hacer negocios, escandalizarse y condenar a sus congéneres que trasgredían las normas sociales establecidas. La noticia de actividades ilegales, sucesos criminales y avatares humanos, conmocionaban a la sociedad toda que se enteraba de lo acaecido en las ultimas horas. Con esta costumbre de estar al tanto de lo que sucedía en el día o en las últimas horas, se dio a luz el concepto de “actualidad”.
Como una especie de “fiebre del oro”, el impacto de las noticias recientes ganó la buena disposición de los lectores y los introdujo en un mundo, en el que lo importante era “estar enterado de todo lo que pasaba”. Pero aquí fue que los editores empezaron a tomar sus distintos rumbos. Debido a la competencia por obtener “el hecho más llamativo de la jornada” empezaron a tentar a los lectores ofreciéndoles, lo antes posible, este tipo de noticias, aunque tuvieran que recurrir al engaño para conseguir su cometido. La prioridad era poder obtener de la realidad (esa mina de oro de sucesos) los más extraños, sobresalientes y escabrosos hechos para, de esta manera, conmover a la opinión pública.
Esta euforia por sorprender las apacibles vidas de personas que eran sólo meros espectadores de lo que ocurría, llevó a dos desagradables sucesos: potenció de alguna forma las pervertidas intenciones de indivíduos deseosos de ganar fama a través de sus actividades, criminales o no; y, generó un in crescendo en la ansiedad de los lectores que esperaban ser conmovidos cada vez más por los, cada vez más, escabrosos sucesos que se publicaban.
Como una novela interminable de “realidades”, los lectores se volvieron ávidos consumidores de todo lo que era escandaloso hasta decir basta, y de todo lo que les causaba una suerte de agresión moral. La noticia, ese recorte de la realidad de todo lo que sucede, terminó por imponerse finalmente como un hábito de aquellos que, tal vez, tenían la imperiosa necesidad de “dominar la información”.
Los tiempos fueron creciendo en agresividad y en violencia, y los hechos publicados se tornaron cada vez más horrorosos. Noticias de violaciones, descuartizamientos, injusticias sociales y perversiones que llegaban al límite de lo escatológico, se volvieron habituales. Y más habitual se volvió, el hecho de estar al tanto de los espantos publicados en los periódicos y noticieros, cuando la tv hizo su aparición.
Contando con el servicio de recibir noticias por televisión, uno ya estaba en ocasión de “disfrutar” de los desastres naturales de un ciclón o un tornado que sucedía en Hawai sin la incomodidad de padecerlo. Pero el colmo de lo espantoso sobrevino con lo que, creo, fue la mayor de todas las tragedias: televisar una guerra en vivo y en directo. Por ese entonces, nos convertimos en los espectadores, ciertamente indignados, de la matanza indiscriminada de seres humanos. No importa por qué razones de orden político, económico o religioso, se “justificaba” los genocidios de las grandes potencias. Potencias a las que les molestaba mucho que haya otros seres humanos que pudieran prescindir de comprar una hamburguesa, tener tarjeta de crédito o permitirse la audacia de prohibir la internet en el territorio de sus “paises en vía de desarrollo”. Esto último fue el eufemismo con que se denominó a las naciones que se resistieron (y tal vez aún lo hacen) a la globalización de sus costumbres sociales.
La violencia, de la que somos “cómplices mudos” (en esa larga lista de errores humanos), nos ha llevado a sostener una vocación por el horror. Abrimos los periódicos “para ver lo que está pasando” o “porque no se puede vivir desinformado”. Pero, aunque indignados, no podemos dejar de seguir consumiendo esa “realidad” que nos proponen los grandes medios. El diccionario de la Real Academia define como “Morboso” a lo siguiente: 1.adj. Enfermizo, 2. Que causa enfermedad o que concierne a ella. 3. Que provoca reacciones moralmente insanas o que es resultado de ellas. Si bien aquí no se trata de un problema de definiciones, esa “necesidad” de estar informados nos ha encerrado en un círculo obsesivo, compuesto de una permanente indignación sobre lo que nos enteramos. Pero esto no consigue alejarnos del espanto de sorprendernos por los hechos más aberrantes, concebidos en “la realidad”.
En el perfil de cualquier adicción, los psicólogos reconocen el siguiente patrón de conducta: el adicto se obsesiona con determinado objeto, persona, situación o substancia, recurrentemente. Esa recurrencia se convierte en una espiral ascendente en la que cada nueva espira (su diámetro) es mayor. Como consecuencia de esto, el adicto necesita cada vez más de ese objeto, persona, situación o substancia para calmar su ansiedad y no entrar en el período de “síndrome de abstinencia”. La necesidad es cada vez mayor, como el diámetro de las espiras, y esto termina por ocasionar un trastorno de su personalidad y de sus acciones, por lo tanto se lo excluye. ¿Pero que sucede cuando esos “trastornos” se vuelven naturales? Decía Julio Cortázar que “en un universo monstruoso no hay monstruos”. Por lo tanto unas conductas monstruosas compartidas por toda una sociedad son lo “habitual” o lo “más normal del mundo”. Como consecuencia de esto, los excluídos por esa sociedad son los que no adhieren a tales conductas necesarias de ahí en más, para sostener esa nueva “normalidad” en el libre desarrollo de sus monstruosas actividades.
Aunque no seamos partícipes directos de los hechos más aberrantes de los que tenemos noticia, nos hemos vuelto adictos a esa tal “realidad”. Somos “testigos encubiertos” de los más intolerables agravios que se cometen en cualquier parte del mundo, por el sólo hecho de vernos “obligados” a estar permanentemente informados.
Me pregunto que sucedería si en algún momento, un hecho fortuito nos privara de la televisión y los periódicos. Cómo nos sentiríamos, en qué ocuparíamos el tiempo. Cuáles serían nuestras conductas que, por el momento, se encuentran teñidas con las imágenes de todos los horrores, hasta el momento posibles. Qué pasaría si, un día cualquiera, nos despertáramos y constatáramos la ausencia de los grandes medios, imposibilitados de seguir ofreciéndonos esa interminable novela de espantos, a la que, con toda naturalidad, hemos terminado por aceptar y denominamos “la realidad”.