Mantra TV (o el hipnotismo de la Imagen Posmo)
Si la fé mueve montañas, una frase breve, una oración o un mantra repetidos mil veces serían capaces de derrumbarla. Según las más antiguas tradiciones(algunas desaparecidas otras inaccesibles para el occidental curioso) la vibración de un sonido puede partir las rocas como sucedió con los hebreos que derrumbaron las murallas de una ciudad con el solo toque de sus trompas. Un sonido repetido cuantas veces sea posible, genera un estado de trance o hipnotismo que, como han experimentado místicos, yoguis y santos, tiene el poder de liberar la esencia divina que habita en nosotros.
Pero aquí cabe resaltar algo que quizá atenta contra las variadas y disímiles definiciones de “hombre” que nuestra civilización ha dado, tales como: “el hombre es un animal de costumbres”, “el hombre es un ser social”, “el hombre es un ser político”, etc.
Y lo curioso es esto: aunque nuestra era se supone científica (y pareciera que la lógica y la razón son la antinomia de la creencia) nuestras conductas revisten, aunque de forma elemental, un carácter religioso y hasta litúrgico.
Desde el psicoanálisis hasta el marketing, desde el “Bolero” de Maurice Ravel hasta “las tendencias sociales y de mercados”, nuestra vida está constituída por repeticiones, a las que algunos prefieren detestar bajo el pseudónimo de “rutina”; y liturgias, a las que se prefiere eufemizar como “buenas costumbres” o “protocolo y ceremonial”. Y no me atrevería, por esto, a sumar una definición más acerca del hombre, de las tantas que se han acumulado ya en el inconciente colectivo de nuestros congéneres; a saber: “el hombre es un ser religioso”. No, definitivamente no, en lo absoluto. Porque el hombre, como tal, quizá fue (y recalco el pretérito) un ser religioso, pero ya no lo es. Ahora es quizá (y volvemos al juego de las definiciones) “un ser litúrgico.”
Repetimos conductas, ceremonias hieráticas, frases aprendidas, citas de autores, noticias y chismes que “alguien me dijo”, fórmulas publicitarias. Los hombres de negocios se saludan en la más estructurada solemnidad para luego dialogar entre pleonasmos y maltratadas definiciones como las anteriormente mencionadas. Los psicoanalistas reciben a sus pacientes (a los que algunos malintencionados llaman “víctimas” o “clientes”) en esa suerte de confesionario que son sus consultorios y venden sus indulgencias al Yo tripartito de sus atormentados feligreses. La formalidad con la que se atiende en en ciertos restaurantes y hoteles de categoría es, a su modo, una liturgia de servicio al cliente( quien es una especie de caprichoso indivíduo que “siempre tiene la razón”)
La ceremonia o “rutina” de arreglarse a la mañana para ir al trabajo o a cumplir con cualesquiera de las obligaciones humanamente posibles, es veladamente un prepararse para ir a la iglesia del pueblo (en este caso ese pueblo sería la sociedad toda ante la cual debemos respetar ciertas formas). Los caballeros se bañan, se afeitan, cortan o recortan sus barbas y pelo, se visten, se perfuman y salen; las mujeres se embellecen a más no poder (y existen algunas a las que no les hace falta nada para cumplir con este ítem pero de todas formas sucumben a la “tendencia” en un frenesí cuasi bacanal) con cremas de todo tipo, pinturas, rouges, rimmel y otros productos que la ciencia (porque ahora es una cuestión científica) ha puesto al servicio de la estética integral.
Lejos de conducirnos a un estado de conciencia superior o de descubrir nuestra esencia divina, las repeticiones que hoy nos rodean (y pido disculpas al potencial lector indio o tibetano) son mantras confeccionados, primordialmente, por psicólogos, psicoanalistas y demás hipnotizadores profesionales que las grandes empresas contratan para desarrollar sus campañas publicitarias. Es decir, la repetición incesante de una publicidad gráfica, radial o televisiva nos va seduciendo y adormeciendo como el péndulo que antaño sostenían los primeros patriarcas del psicoanalisis y otros mentalistas.
Es la constante inducción visual y auditiva la que nos va anestesiando, la que va relajando nuestro ímpetu de acción para reducirnos a la pasividad de ser los meros espectadores de este “Gran Teatro de Revista Gran” cuyas vedettes son las marcas y productos de las Imponentes (no de majestuoso o fastuoso sino de imponerse o imponer) Multinacionales.
Me arriesgaría a decir , además, que según ciertos casos en los que se desata la competencia por ofrecer más y más servicios y valores agregados, algunas compañías nos invitan a las comodidad (o inmovilidad) de no tener que salir de nuestros domicilios puesto que ¡¡PODEMOS COMPRAR POR TELÉFONO Y POR INTERNET!! (quién sabe si arqueólogos, antropólogos, historiadores y sociólogos de un futuro inimaginable, no tomen esto último “como una de las grandes ideas que aquella civilización desaparecida”…quién sabe)
Contando con este revolucionario servicio de compras, seguramente nos quedará más tiempo para poder disfrutar del confort. Podremos reposar nuestro cuerpo en un cómodo sillón, desde el que, con un solo y preciso movimiento del dedo pulgar tendremos la posibilidad de elegir, por ejemplo, uno de los cuarenta o cincuenta canales de música que existen. Será entonces cuando, entregados al tibio veranito de los rayos catódicos, y sin otra necesidad que la de mover sólo una falange nos reconfortaremos viendo las simbólicas y repetitivas imágenes (y en esos canales abundan) que nos sumerjan en esa hipnósis de los Mantra TV.


