Humano Contradictorio

El Bien y el Mal tejen su furiosa lucha en el espíritu humano. La contradicción y el Caos nos habitan como agujeros de gusano de nuestra voluntad. Por esto Humano Contradictorio es la Bitácora existencial de un género ininteligible: El Ser Humano... Para revelar las falacias del hombre en los tiempos que corren...

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Location: Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina

Poeta nacido en la ciudad de Mar del Plata. Artista multifacético, autodidacto, ecléctico, cosmopolita, inalámbrico, romboidal, poliomelítico, paleolítico, criogénico, monocorde, costumbrista... precámbrico. Escritor, cantante, fotógrafo, taxidermista, arriero, domador, estilista, vanidoso, egocentrista de vanguardia, fauno, microbio de naturaleza ociosa. No obtuvo premios en el año 1994 (año en que se inicia en las letras), asi como tampoco en el año 1995, 96, 97, 98, etc. hasta la actualidad... en la que aún no ha obtenido premios. Artista consagrado a una vida sencilla(por no decir simplona): consagrado al ayuno, a la pobreza, a la miseria y a la falta de solvencia. Por ultimo podemos decir que es un artista con un futuro provechoso...si lograra dedicarse a otra cosa... puesto que su fama es de intrascendencia local, nacional e internacional.

Tuesday, December 25, 2007

La Muerte y los objetos

Cuando muere algún familiar se pone en marcha, en los días posteriores al deceso, un indiscriminado tráfico de los objetos personales del recién fallecido. Es así como sus objetos de uso cotidiano adquieren un valor simbólico y se reparten, entre los parientes, las pertenencias que fueron del difunto. Sucede que en las horas en que se suscita el deceso, el velatorio y el posterior entierro, esos objetos sufrieron una transformación. Quedó suspendido el tiempo en que acaso eran tristemente un pañuelo de cuello, un adorno de aparador, una libreta de teléfonos y direcciones de otros familiares(algunos en tierra, otros en nicho) o simples utensilios tales como juegos de vasos, platos y cubiertos, para poseer ahora un carácter más emblemático, es decir “su” pañuelo de cuello, “sus” adornos de aparador, “su” libreta de teléfonos, etc.
La primera metamorfosis a la que se ven sometidos esos objetos es aquella que los convierte casi mágicamente y en cuestión de horas en “recuerdos”. Todos los objetos que integran ahora el inventario de “cosas que fueron del finado”, desde la ropa (que se constituye ahora como una de las pertenencias mas preciadas)hasta las fotos carné que guardaba en su billetera, pasando por sus muebles, cajas con fotografías, estampillas de algún santo, libros y revistas, suvenires del bautismo o de la comunión de algún sobrino o nieto, lentes bifocales y , de acuerdo con la profesión del occiso, máquina de coser, herramientas de carpintería, plomería, mecánica o electricidad, utensilios de cocina u otros, son atesorados ahora como una reliquia egipcia o una vasija encontrada en las ruinas de Pompeya y Herculano. Cabe mencionar, además, las emotivas entregas en herencia de los objetos que verdaderamente le fueron simbólicos en vida, a los familiares directos tales como: su anillo de casado, si lo era, alguna cadenita con medalla que tenía un valor especial para él , una pulsera o reloj que a su vez también había pertenecido a algún otro familiar querido del presente difunto. Señalaré, por último, que cuando se trata de objetos de oro o plata o de valor material en general suelen suscitar un dilema moral en el heredero, que lo recibe en parte emocionalmente y en parte pensando que si pudiera venderlo estaría en ocasión de comprarse algo que deseaba desde hace rato y para lo cual hacía falta tener un extra de dinero adicional. En cualquier caso si quien lo recibe se ve dominado por esta última tentación ultrajará la memoria del difunto, pasado un plazo mínimo de tiempo en el que desaparece ese halo simbólico y emotivo que rodea al objeto del fallecido (es decir, de una semana a diez días), y se entregará desbocado a la tarea de echar a andar por el mundo la pieza que le fue confiada, con esa impersonalidad que poseen los objetos más preciados por su valor en el mercado que por haber sido testigos del tránsito mortal de un individuo. Y me olvidaba de un detalle, cuando le pregunten por la ausencia de dicha pieza se excusará con la viuda y sus hijos diciendo acongojado, casi entre lágrimas, que le fue robado en el transporte público de pasajeros.
De tal forma, y siguiendo con la inexorable marcha de distribución de los “objetos de un difunto”, los elefantes que llevan en la trompa un billete para propiciar la riqueza, (y encontramos más de quince en la repisa de una tía solterona que terminó sus días soñando con “agarrar” las cuatro cifras de la quiniela nacional) se distribuyeron entre las dos hermanas que quedaban, sus sobrinos, sus sobrinos nietos y una vecina que le hacía los mandados. Junto con esto se repartió también un juego de platos, playos y hondos, vasos y copas, de cognac, de whisky, de vino; un modular, la totalidad de sus agujas de tejer, sus polleras, sus blusas, sus enaguas , sus sacos de lana y sus mañanitas. Un ropero, su máquina de coser, sus zapatos y medias, las y los que sirven, el costurero, un rosario que colgaba del respaldar de su cama de dos plazas, comprada antes de que un inconsecuente novio de la juventud la abandonara en el altar con todo y regalos. Cadenas, crucifijos y anillos de oro de poco valor, un espejo grande, una cómoda y algunos platos de pared.
La distribución de los objetos personales de un difunto tiene algo de omnipresencia y algo de oscura predestinación. Omnipresencia en el sentido en que esas pertenencias que ahora gozan de nuevo domicilio, son y serán para siempre, mientras subsista su memoria en la familia, una evocación del fallecido, por ejemplo: “alcanzame el costurero de la tía” o “ tené cuidado que esos eran los vasos del abuelo”, etc. El carácter de oscuro predestinamiento tiene que ver con qué objeto ha elegido cada familiar para atesorar y que forma parte de un costado en particular de la vida del fulano muerto, a saber: las memoriosas y memoriosos de la familia guardarán las fotos y evocarán los eventos trascendentes que quedaron plasmados en ellas para siempre; a los hombres de mediana edad, en caso de que el fallecido sea varón, se les otorgará la custodia de sus camisas, corbatas, pantalones y sacos que tendrán que mandar a achicar; los más conservadores tendrán a su cargo la perpetuidad del oficio que dignificaba el occiso cuando, quizá, llegó a estas tierras “con una mano atrás y otra adelante”.La elección en cada caso revela el carácter de sus deudos y hasta llegan, a veces, a provocarse folklóricas disputas pugilísticas por tratarse, o bien de una carencia de objetos requeridos por más de un familiar o bien de una mayoría de familiares pendientes de la entrega de un objeto único. En tal caso la decisión de la viuda, los hijos o quien sea el titular en el reparto de bienes del fallecido, dará qué hablar al resto de la familia durante varias reuniones; y hasta podrá ocasionar la exclusión de los mismos en más de un encuentro.
Para finalizar, me permito esbozar la hipótesis de que, un gran porcentaje de objetos que descansan hoy en nuestros placares, repisas, cómodas, paredes y modulares, pertenecieron a algún familiar muerto en la familia. Y que junto con nuestras pertenencias, llegado el momento en que pasemos a integrar la lista de difuntos titulares de una distribución de objetos, algún día superarán en número a la enfebrecida voluntad de producción de los hombres de hoy, que se sienten inconscientemente aterrados de sentir cercana la sombra que proyectan los objetos que fueron de los muertos.

Las Sinfonías de este Mundo

Antaño, era común escuchar en las calles los cánticos de los vendedores que ofrecían todo tipo de mercaderías, bastante menos manufacturadas que en el presente. Esos pregones, a manera de mercado persa, nos anoticiaban de la existencia de multiples productos tales como frutas y verduras, pescados y carnes rojas, leche, pan, telas, y otros tantos objetos de consumo. El rumor de los cascos de caballos estallando en las coloniales calles de adoquin se sumaba como la entrada de instrumentos que enfatizan el pasaje de una sinfonía.
Con la llegada de la máquina a vapor, esos pregones a capella comenzaron a ser eclipsados por la nueva ideolgía reinante, “el progreso”, que era una mezcla de mecánica, de invento y de precaria ciencia. Luego el señor Henry Ford aportó su cuota de bullicio y de industria con la fabricación en serie del motor a explosión, que rápidamente poblaría las pintorescas calles de adoquin, las cuales comenzaban ya su claro destino de anacronismo. Los tranvías, antes tirados por caballos, también iban a padecer su transformación hacia el progreso con la reforma de su alimentación eléctrica.
Este in crescendo de la sociedad urbana fue acogido de tal forma que en unos pocos años acudimos a la llegada del opulento mecanicismo acompañado por el rigor científico que se tradujeron en una primera guerra mundial, una crisis del año treinta con desocupación y hambre por la sustitución del hombre por la máquina, una segunda guerra mundial con su vedette de turno, la bomba nuclear, y otros tantos insturmentitos manipulados por ese señor de permanente habano en los regordetos dedos oprimidos por anillos de oro y de sonrisa ancha, satisfecha, exitosa, denominado “El Progreso”.
La fiebre de progreso se instaló en la sociedad como un pulpo cuyos tentáculos abarcaban todos los aspectos de la vida moderna. El paradigma cientificista ofrecía la sensación de una humanidad camino a la evolución y superación en todos los campos que preocupaban existencialmente al hombre: la salud, el descubrimiento de los secretos procesos naturales y los fenómenos climáticos y, hasta los más extravagantes deseos de inmortalidad. Todo esto incrementó la idea de que “el porvenir” (otro señor opulento pero de refinadas formas y casi con aspecto de espigado Lord inglés), estaba en asegurarse el estudio en las universidades, que eran, en ese momento, los “Templos de Sabiduría” dedicados a la “Diosa Razón” del alemancito Kant.
La industrialización sofisticada y el progreso instalado como paradigmas humanos llevaron con los años a la idea de “confort”, cuyo significado ha variado con los tiempos pero siempre bajo la misma idea: facilitar la vida de aquellos que, teniendo menos tiempo por estar ocupados en escalar la casi perpendicular pendiente del éxito social, no podían encargarse ya de las tareas domésticas. Ahora la batalla del hombre era contra el tiempo. Las exigencias de jefes intolerantes hasta el absurdo, la manutención de hermosas mujeres devenidas en amas de casa(y en asiduas clientas de peluquerías en donde intercambiaban noticias y envidias por la adquisición de elementos que representaban al nuevo orden) y de hijos que como pichones abrían sus picos reclamando comida, ropa y útiles escolares, y la preocupación social de tener que exhibir los frutos de prosperidad alcanzada, hicieron que tanto las industrias como los consumidores urbanos, adhirieran con facilidad a las nuevas tendencias de lo confortable.
Así fue que llegamos a estos tiempos en los que no es raro encontrar aparatos de manufactura japonesa que se hallan a la vanguardia de los excesos creativos. Tal como antes nos resultaba exótica y fascinante su cultura ancestral, ahora nos sorprende lo exótico de las funciones que ofrece cualquier aparatito que provenga de “la tierra del sol naciente”.
Electrodomésticos con posibilidades que rayan en la ciencia ficción, automóviles con control computarizado y radar en ruta, pequeños teléfonos celulares con cámara de fotos, filmadoras digitales que ofrecen la posibilidad de editar los propios videohome y otra tanta cantidad de elementos de sofisticada fabricación que sería muy extenso de detallar en este artículo.
El hecho puntual es que con esa brutal carrera hacia “el Futuro” (una especie de joven atractivo, carismático y emprendedor) nuestro mundo se fue poblando de distintos instrumentos que configuraron la “Nueva Sinfonía” de los simpáticos soniditos que provienen de tales artículos “electro-ficticios”. Habitualmente se escuchan poderosas alarmas para automóviles lo bastante sensibles como para que un chasquido de dedos las haga sonar, timbres de toda clase que nos anuncian la inminente salida de otros vehículos (tan sofisticados como los anteriores) de una cochera. Exclusivos ringtones de teléfonos celulares que otorgan la fantasía de individualidad en medio de la masa a una incontable cantidad de indivíduos que se diferencian con sus otros “exclusivos ringtones”. Máquinas de videojuegos cuyo volúmen le avisa tanto al participante como a los ciudadanos de varios kilómetros a la redonda que éste primero ha superado una nueva etapa del juego e innumerable cantidad de entretenimientos modernos que nos informan histéricamente de su transitoria existencia.
Con tanta profusión de escandalosos aparatos, nuestro carácter ha “progresado” hacia las necesidades más innecesarias de adquirir toda clase de simpáticos elementos que luego terminamos por odiar profundamente. Hace más o menos veinte años una acción recurrente era la de desconectar el timbre y el teléfono hogareño para poder descansar, aunque más no sea, un par de horas y luego retomar la avasallante actividad del día. Hoy por hoy, pareciera que hemos perdido la capacidad de detectar esa necesidad de silencio porque la gran sinfonía de inverosímiles sirenas nos ha ganado la costumbre. Es un permanente zumbido el de las grandes urbes que nos impide acceder de tal forma al silencio que, cuando por algun avatar divino lo encontramos, nos sentimos como perdidos y buscamos deliberadamente nuevos ruidos, como si esa ausencia de estímulos auditivos nos sumiera en la más indeseable de las muertes.
El sabio esotérico Pitágoras, cuyo origen aún se discute, hablaba de una Música de las Esferas, que siendo anterior al hombre en la tierra era inaudible, dado que su sonido era permanente e ininterrumpido, es decir, al carecer de un silencio que denote la ausencia de ese sonido nunca extinto, no había posibilidad de comparar su ausencia o su presencia. Y agregaba, además, que él era el único capaz de escucharla puesto que había alcanzado una sensibilidad cósmica. Tal vez nos pase que, como decía Pitágoras, no podamos escuchar ya silencio alguno por el permanente zumbido al que se han acostumbrado nuestros oídos.
No podemos desear aquello que no tenemos noticia de su existencia o que ya hemos olvidado que tal fenómeno aún existe. Lo mismo sucede cuando uno se encuentra en su casa y el rumor de la heladera, al que ya nos habíamos acostumbrado inconcientemente por un rato, se detiene. Es en ese silencio que podemos detectar, por comparación, la existencia de un silencio que fuimos perdiendo la capacidad de apreciar. Por estos tiempos, el incesante rumor de todo tipo de aparatos (japoneses o no) y nuestra bulliciosa forma de vida nos ha convertido en los espectadores de esa “Sinfonía del Nuevo Mundo”, cuyo director todavía es ese señor regordete de sonrisa ancha, satisfecha y exitosa que llamamos “El Progreso”.

Manual Básico de Astrología y afines

En la antigüedad, las ciencias que el hombre fue desarrollando para mejor entender el mundo y más allá de éste, tenían más bien un carácter simbólico y hasta poético. De tal forma, con las primeras poblaciones humanas surgió la agricultura, la pesca, la ganadería y el comercio de aquellos pequeños conglomerados. Todas estas actividades de orden corriente en la economía de los primitivos habitantes impusieron la necesidad de darle un orden, una forma práctica y clara de desenvolvimiento para que “cuentas claras conserven la amistad”y por encima de todo, el comercio. Así surgieron las matemáticas, para ayudar al campesino a contabilizar su comercio con otros campesinos, la arquitectura, para darle una forma al natural mundo que se exhibía en su carácter virginal y agreste, los distintos oficios, que comenzaban a manufacturar las tradicionales materias primas, y, de alguna manera, la escritura para llevar un registro histórico de lo que sucedía en las sencillas e iniciales comarcas.
Establecidos estos necesarios órdenes, surgió también la necesidad de sondear “aquello que se veía pero no se podía tocar o alcanzar”. Los fenómenos climáticos, el firmamento nocturno, la muerte y otros sucesos naturales se volvieron el desafío de algunos hombres, que querían saber o entender o interpretar todos estos misterios que también formaban parte del tránsito terrestre. Así, las elementales conjeturas acerca de todo lo mencionado dieron lugar a las precursoras ciencias y artes, entre las que se contaban la astrología, predecesora de la astronomía actual, la alquimia, a su vez madre de la química, las elementales creencias, que dieron forma luego a las antiguas religiones (devenidas hoy, nadie sabe por qué, en eventos masivos llevados a cabo en imponentes estadios de fútbol), y la literatura y la filosofía que, tal vez aún, se conservan en su ejercicio fundamental, si bien fueron cambiando en sus formas externas.
Las primeras observaciones realizadas sobre el firmamento nocturno, dieron como resultado el nacimiento de la astrología y sus simbolismos planetarios, de manera tal que esta ciencia, en su juventud, fue el necesario acercamiento para desglosar aquello que tanto fascinaba a nuestros antepasados. El ansia de saber y de conocer hizo que el hombre de aquellos tiempos (tan aparentemente lejanos hoy) ordenara poéticamente sus primeras conclusiones del mundo en que vivía. Y tanto fue así que, en sus diversas formas culturales, surgió de aquellas elementales observaciones un variado mundo, abultado en su riqueza simbólica, mítica, y podríamos decir literaria.
Cada grupo humano que conformó una determinada cultura, llevó adelante su cosmovisión y su idiosincrasia de una manera original en la forma de entender los sucesos misteriosos que rodeaban la vida y la circunstancia particular de cada ser humano. De tal manera, en Egipto, surgió ese compilado de cartas grabadas en tablillas de oro denominado Tarot, que representan los pasajes esenciales (en sentido representativo) de toda persona que atraviesa la vida, y hasta hoy se discute el significado alegórico de su nombre, que algunos atribuyen a la palabra “Rota” (rueda, a la inversa) y el agregado de la letra T para ejemplificar la simetría y el equilibrio del Universo. Los Chinos, por su parte, descubrieron que las tan variadas actitudes humanas eran similares a las conductas de ciertos animales y cuenta la leyenda que, convocados los animales por el Buda a una suerte de cónclave zoológico, sólo acudieron doce y el orden en que fueron llegando dio lugar al nacimiento de su exótico zodíaco en el que los tipos humanos son representados de acuerdo a las características del animal que lleva su nombre. Los Vikings (como profesaba Borges que debían ser llamados y no “vikingos” porque en tal caso a la obra del escritor indio Rudyard Kipling, habría que denominarla “los escritos de kiplingo”) crearon un sencillo sistema de adivinación y consejo para el consultante, que consistía en unas rodajas extraídas de la rama de un árbol con símbolos que representan fuerzas cósmicas, marcados a fuego en una de sus caras y que se conocen hoy con el nombre de “Runas”.
En Grecia, los adivinos sondeaban el futuro y sus decisiones a través de las entrañas de las aves (tal vez de ahí provenga el placer por lo escatológico de la cultura greco-romana a la que pertenecemos) y en su forma más compleja, luego, los oráculos como el que se situaba en Delfos que consistía en la consulta a una Pitonisa o Sacerdotisa que interpretaba el mensaje de los Dioses, algo escandalosos, del Olimpo. Debemos agregar, además, que existía la prostitución sagrada, la cual era llevada a cabo también para congraciarse con los Dioses. Los Druidas, que habitaron las Islas Británicas hace más o menos tres mil años, conformaron un calendario de trece lunas (similar al de los Mayas) cuyo zodíaco tomaba su particularidad simbólica de los árboles, quienes representaban el carácter de cada tipo humano. Por último, y ya más cercano a nuestra cotidianidad cultural, encontramos el Zodíaco greco-romano cuyos nombres sabemos hoy gracias al trabajo del astrólogo griego Hiparco, quien dio su denominación a los signos que conocemos actualmente, dado que en su época la faja zodiacal (literalmente “círculo de animales”) coincidía con las constelaciones que llevan su nombre. De todas formas su simbología era anterior y provenía de los Caldeos quienes fueron los precursores en el campo de la astrología a través de la religión que profesaban, cuyo principio era, en síntesis, que la configuración psicofísica de cada ser humano era un duplicado exacto de la posición de los planetas en el instante de su nacimiento.
Esta simplificada glosa acerca de los zodíacos más populares hoy día, no alcanza para resumir la nutrida carpeta de simbologías, cosmogonías y mitologías que se han sucedido a lo largo de nuestra historia astrológica y de intentos por averiguar qué se oculta detrás de las estrellas. Sin embargo, no han dejado de estar presentes en la vida humana de todos los tiempos, puesto que tiranos, reyes, y hombres de poder en general han tenido siempre su séquito de magos, brujos y astrólogos. Éstos, acudían a las denominadas “artes adivinatorias” para iniciar una campaña militar, consultar el destino de los asuntos de estado y también las particulares cuestiones amorosas, porque, en todo caso, su carácter de líderes políticos no los eximía de los pormenores que atañen a cada ser humano cuando se trata conquistas sensuales. De tal suerte resulta que las inquietudes de conocimiento que los antiguos tenían fueron deviniendo, con las civilizaciones modernas, en consultas acerca del destino, el futuro de sus relaciones comerciales y afectivas, y (cuándo no) acerca de la favorabilidad de los astros para acertar un número a la lotería y otros juegos de azar.
En el plano personal, y con la masificación de conocimientos que se ha alcanzado hoy gracias los medios tecnológicos, tenemos actualmente la posibilidad de consultar todo tipo de horóscopos en páginas de Internet y decidir con cuál de todos ellos quedarnos más tranquilos en lo que a cuestiones individuales nos atañe (tal como los antiguos griegos hacían con las diversas divinidades que, cuando no les eran favorables, comenzaban a rendirle culto a otra que estuviera dispuesta a ofrecer los consejos que esperaban escuchar los consultantes y no los adversos, emitidos por las divinidades ya desplazadas de la fe). Tomándonos simplemente el pequeño trabajo de acceder a los buscadores virtuales podemos hallar que somos Capricornio, en el Greco-romano (como quien esto escribe), Búfalo, en el Chino; Abedul en el Druídico o Celta; Murciélago, en el Maya, Caña, en el Azteca, y terminar descubriendo la complejidad de flora y fauna que somos, simbólicamente hablando.
La oleada de consultas que hoy se realizan a astrólogos, tarotistas, brujos, parapsicólogos y toda suerte de clarividentes, no nos separa mucho de aquellos soberanos que eran aconsejados por todo un séquito de científicos antiguos. Nosotros, también como soberanos de nuestras propias decisiones, tememos que una mala elección nos conduzca al desastre, por ejemplo en un acercamiento amoroso. Tal vez sea por eso que, al momento de acercarnos a una señorita o en el caso de las damas que son abordadas por un caballero (y ante la perplejidad de no tener nada mejor de que hablar) la primera cuestión que puebla inmediatamente nuestro pensamiento es la inquisición acerca de a qué figura zodiacal pertenece. Luego evaluamos, de acuerdo al cuadro de compatibilidades astrológicas, la conveniencia o el perjuicio que la asociación con la antedicha persona nos podría ocasionar. En este orden es que el curso de nuestra vida va tomando determinados rumbos y no está demás alertar a aquellos que, pendientes de la beneficencia de los astros, se topen con un escéptico al respecto de estos temas. En tal caso, es aconsejable estar previamente instruidos en cuestiones de cultura general para no padecer una negativa ante nuestro cuestionamiento acerca del signo zodiacal que presidió su nacimiento y quedarnos en esa incomodidad que se presenta cuando dos personas comparten esos silencios que no encuentran punto de conexión alguno. Luego, en apartado general, estarán los frenéticos adherentes al horóscopo que no nos permitirán responder de antemano respecto de nuestro signo y pondrán a prueba su intuición y su pericia en asuntos astrales tratando de deducir de nuestras actitudes, las características del signo que nos rige.
Cabe reflexionar aquí que, bien sea verdad o no la influencia de los astros en el instante inicial de nuestras vidas y su desarrollo, la mirada tal vez ingenua del hombre de la antigüedad que elevaba sus ojos al cielo e imaginaba toda suerte de criaturas, dioses e historias y mitos para explicarse el funcionamiento de las fuerzas que desconocía, era al menos poéticamente mucho más bella que la esterilidad científica del mundo actual.
En el presente, quizá tengamos mayor noticia acerca de cómo se suscitan los fenómenos climáticos y las fuerzas que rigen más menos nuestro planeta, pero este devenir de las ciencias antiguas en modernas nos ha confinado a vivir en una suerte de calabozo que puso, al menos momentáneamente, un cerrojo a nuestra imaginación poética. De tal forma, el precio de nuestra tranquilidad racional nos ha conducido a la cómoda resignación de arrellanarnos en los amplios sofás de la información científica. Éstos han cobrado tal presencia en nuestras vidas que nos vemos impedidos ya de avizorar, que una tormenta en el horizonte no corresponde al desacuerdo de los Dioses por nuestras desenfrenadas conductas colectivas, sino más bien (y de manera más desencantadora) que el pronóstico para la tarde hoy anuncia chaparrones costeros y una corriente fría del sur se avecina, con tormenta y lluvias para todo el fin de semana.

Los Tejedores de Destinos

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el criterio que utilizan los empleados de boleterías para otorgarnos un espacio en los ómnibus de larga distancia. El hecho es que en sus manos descansan nuestros pequeños destinos de un hallazgo dichoso o de intolerable infortunio, en el lapso de tiempo que dura nuestro viaje. Al momento de efectuar la compra de determinado pasaje o boleto, cuando la demanda no es excesiva, se opera un instante mágico que consiste en que el empleado de boletería, conciente o inconscientemente, nos otorga un lugar entre los tantos vacíos y está determinando nuestra cercanía, durante varias horas, a un desconocido. Ellos, sin saberlo, ejecutan una operación mágica que consiste en ponernos ante las diversas posibilidades de todos los destinos posibles que pueden gestarse por la cercanía de dos seres humanos.
De tal forma, llegado el día y la hora de abordar el transporte, comienza a tejerse en nuestra imaginación la incógnita de quién será nuestro desconocido acompañante. Ya en el ingreso, cuando observamos quienes abordan el mismo transporte, naturalmente especulamos con disgustos y preferencias entre las personas que vemos ir abordando. En esos instantes en que la fila avanza, nuestras elucubraciones van desde el entusiasmo de sentarnos al lado de la joven rubia con aires de indomable, o el muchacho con rostro de poeta melancólico y sensible hasta la desazón de imaginarnos sentados junto a la robusta mujer mayor que, con voz de interminable soprano, amonesta escandalosamente al operario que le carga las extenuadas valijas y los opulentos bolsos. Para no tener la contraria fortuna de terminar al lado del acatarrado viejito, cuyos músculos conjeturamos incapaces de trasladar las imposibles cajas que tiene bajo su custodia, retrasamos nuestro embarque en la espera de un mejor candidato a compañero de viaje. Entre las opciones que no hemos contemplado se encuentra también la nulidad de compañía que, cuando se presenta en el cuadrante de nuestro pensamiento, nos deja una sensación de salobre fracaso. Lo que nos traerá una reminiscencia de pretéritas salidas escolares será la cercanía con aquél que, desde niño, ha padecido toda suerte de descomposturas y termina por convidarnos las digeridas exequias de una comida rápida, cuya devolución se exhibe con todo descaro en el piso rigurosamente alfombrado en goma. Absolutamente incordioso será el acompañante que, contrario a nuestra voluntad, nos impida terminar de leer el predestinado libro para el viaje o concretar el anhelado descanso que teníamos previsto, por su verborrea inescrupulosa que nos remite toda clase de anécdotas cuya falta de humor es ostensible.
Esta circunstancia de viajar junto a un desconocido pone de manifiesto, a la vez que nuestra imaginación más ingenua, nuestros más torpes mecanismos de voluntad. Si nuestro acompañante ha sido en suerte una mujer hermosa o un varón atractivo (en cada caso) buscaremos la forma de entablar una conversación con la inhóspita esperanza de que no esté comprometido. De esta manera, si comprobamos que no lo está, pasaremos a la instancia inmediatamente posterior, que es la de aspirar a que “suceda algo” con esa persona que ha sido de nuestro gusto. Entonces, aquí, comienza una escena tantas veces repetida por los directores de cine: para ocultar nuestro ingenuo interés, fingiremos como primera medida una especie de indiferencia con aire casual que consiste en realizar un fingido acomodamiento con la esperanzada voluntad de llamar su atención para que nos pregunte algo acerca de nuestra futura comodidad. Seguido a esto, practicaremos algún tipo de dificultad o hasta lo incomodaremos amablemente con alguna cuestión menor para reforzar esa llamada de atención que todavía no ha conseguido sus anhelados frutos. Una vez que el desconocido vecino de asiento nos interpele sobre nuestro confort, soplará una reconfortante brisa templada en triunfo. Entablado este primer acercamiento, ya en diálogo, sentiremos que la delgada hebra que nos une puede cortarse por el sólo paso en falso de un entusiasta comentario carente de sentido o una acotación mal encaminada por nuestra ansiedad y nuestra ignorancia sobre las cuestiones de su agrado. Será entonces que trataremos de avivar desesperadamente esa pequeña llama, apenas encendida, sacando ocasionalmente algún improvisado tema (evitando la tan temida tríada compuesta por “religión”, “política” y “economía”), un comentario sobre preferencias personales o detallaremos alguna extensa anécdota de cualquier otro viaje realizado.
Ya sea que impostemos seguridad o timidez, que practiquemos alguna crítica sobre un hecho de actualidad o que nos remitamos a una vivencia personal, todos nuestros esfuerzos estarán direccionados hacia el objetivo de prolongar la artificiosa conversación. Y es en este punto, pasado ya un período prudente de diálogo, que se presentan las circunstancias decisivas, a saber: podemos comprobar nuestro vano esfuerzo al tomar conciencia de que el acompañante en cuestión no era tan interesante en sus puntos de vista y que no compartimos un solo parecer con esa persona; podemos darnos cabal cuenta de que dicho acompañante, por cortesía, sostiene una conversación en la que no está interesado en lo absoluto con lo cual trataremos de concluirla de la manera más decorosa posible para que nuestra frustración no quede obscenamente expuesta; o, por último, podemos descubrir un interés en nuestra persona que nos haga entablar una secreta relación, con pinceladas de pasión por medio, de la que los demás pasajeros, por estar entretenidos en llenar arduos crucigramas, escuchar música o leer, son perfectamente inconcientes. Esto último, lamentablemente, casi nunca ocurre.
En circunstancias todavía menos felices quedan los episodios en que nos veremos rodeados por quejosos ancianos (a quienes, por una larga lista de alergias, excesivos cuidados y surtidas paranoias, se sienten agredidos ya por la totalidad del reino animal, vegetal, mineral y humano), niños hiperactivos (cuya energía podría abastecer de luz eléctrica a vastos conglomerados urbanos), o charlatanas señoras que nos refieren el mural completo de sus experiencias de vida (cuyo monólogo concluye, apoteóticamente, con el relato de las desdichas y sinsabores de su rutinaria viudez). En un plano medio quedarán las posibilidades de entablar un diálogo fortuito con personas afines a nuestras preferencias que devengan en amistades por correo electrónico y otros medios de comunicación que nuestra cotidianidad y el progresivo desinterés irán diluyendo. No faltarán tampoco, aquellos que pongan en práctica una conversación que se develará finalmente en el ofrecimiento de algún producto o servicio. En tal caso puede suceder que nuestra falta de carácter nos haga caer en la trampa de adquirir algo absolutamente innecesario o bien que nos veamos en la situación de rechazarlo y padecer esos instantes de gélido silencio, con que se ornamentan los momentos incómodos e indefinidos. Luego, ante nuestra sostenida indiferencia, el sujeto antedicho, se excusará y cambiará de asiento.
A estas alturas, y después de atravesar las inconcebibles posibilidades que parten del hecho de tratar a un desconocido, ya habremos olvidado por completo que todas las circunstancias mencionadas han sido obra de esos “agentes del Destino” que son los empleados de boleterías. Ellos (o ellas, es indistinto) son las “Moiras” que desovillan, tejen o cortan nuestros destinos. Quién sabe, tal vez en esa operación aparentemente azarosa de darnos una ubicación en el asiento de un transporte haya una invisible Mano Divina que los guía y que a través de ellos materializa los destinos previstos para cada uno de nosotros.
Tal vez al cruzarnos en esos viajes diarios de corta, mediana o larga distancia nos acompaña ya un futuro amor frustrado o destinado a la felicidad perpetua, una persona que secretamente nos odia o alguien cuyo conocimiento nos será decisivo para un cambio de rumbo o un giro inesperado en nuestras vidas. Tal vez al aceptarnos, rechazarnos o sernos completamente indiferentes, vamos cumpliendo con los planes de esa Entidad Divina (o infernal, por qué no) que plasma sus designios a través de sus solapados emisarios que son los empleados de boleterías.
Quién sabe, tal vez esa misma Mano Divina (o infernal, por qué no) haya hecho que este artículo sea, en este momento, lo único que tengas para leer en este viaje.

Los Esperadores del Fin del Mundo


Desde niño, cuando acompañaba a mi madre a su trabajo, (que consistía en la atención al público de un kiosco de diarios y revistas, golosinas y cigarrillos y, a veces, fortuitamente, algunos artículos de juguetería que se mezclaban en ese vasto universo de pequeñeces en el que “había que tener de todo un poco”) he presenciado la aparición escandalosa de algún que otro “profeta urbano” que encendía mi abundante imaginación pueril con la noticia inminente de la llegada del fin del mundo.
Esas noches, en que este anuncio tallaba mi desconocimiento y mi terror, eran pobladas por criaturas inverosímiles, caballeros montados en sus corceles que respiraban fuego y tantísimos paisajes de cielos gobernados por grises nubarrones, incontenibles diluvios y la desolación de no poder, al día siguiente, cruzarme a jugar a la casa de mi amigo Catriel. Luego, por la mañana, el llamado de mi madre para enfrentar la rutina de tener que ir a la escuela, disipaba todos los desastres de ensueño que se habían apoderado de mi noche.
Todos estos “profetas” que cada tanto hacían sus apariciones espectaculares sumidos en el más profundo frenesí religioso, arrojaban su intranquilizante noticia y desaparecían para siempre. Pero todo ese frenesí apocalíptico era neutralizado por el siempre repetido comentario de mi abuela que decía, y cito textualmente: “El otro día se murió la vieja de la florería, a esa sí le llegó el fin del mundo…” Este comentario, aunque impreciso, me devolvía la tranquilidad psicológica para volver a mis rutinas infantiles.
Sin adentrarnos demasiado en los innumerables vaticinios acerca de este hecho, parece ser que el “brote” de anunciantes del fin de los tiempos es una epidemia que se presenta en las cercanías de un cambio de siglo, y mucho más en la llegada de “nuevos milenios”. Los presagios mencionados para que uno pueda estar atento a la llegada inminente del final son variados: jinetes atroces, bestias de muchas lenguas, dragones de canallesco aliento ígneo, columnas de fuego danzante, cielos renegridos que sirven de escenario para los incansables voltios que descienden a la tierra en forma de rayos y otras tantas delicias dantescas. De esta forma el desprevenido transeúnte podrá reconocerlos inmediatamente y tendrá la libertad de decidir cuál es el mejor refugio para “pasar” el fin del mundo, ya sea en su casa con su familia y amigos, en la casa de unos parientes, o tendrá que padecer, incluso en medio de esas circunstancias decisivas, una visita con chicos y todo a casa de sus suegros. Como agregado a esto, nunca faltarán aquellos que, obsesionados por estos presagios, reconozcan en alguna tormenta pasajera de verano los signos que anuncian el fin y, apresuradamente, juntaran su equipaje playero porque le prometieron a la madre que lo iban a pasar juntos y en familia.
Una vez instalados todos en sus casas, gozando de vastísimos refrigerios que compraron de camino a sus domicilios en algún supermercado que quedaba de paso, encenderán la televisión para no perderse detalle alguno del desmoronamiento del planeta que los vio nacer. Los más audaces reporteros estarán en las calles relevando paso a paso cualquier cambio que se produzca y no tendrán que hacer mayores esfuerzos puesto que el fin del mundo sucederá en todas partes. Ya no serán necesarias esas arduas coberturas en países extraños donde predominan las guerras de guerrillas o un golpe de estado ha desatado una revuelta civil, basta con salir a la puerta de sus redacciones para conseguir la noticia que antes les insumía el traslado a zonas geográficas de adversas circunstancias y de hostilísimos climas.
Las calles se verán convertidas en grandes hospederos de toda suerte de libertinos que tratarán de sacarle una ventaja, aunque más no sea definitiva, a esta debacle del orden social. Pondrán sus puestos con remeras, prendedores, corbatas, gorras y toda suerte de suvenires que conmemoren tamaño evento mundial. Pilotines y paraguas estarán esperando su exhibición y venta en caso de que el tan anunciado fin se despache a gusto con un diluvio divino y encuentre a los menos precavidos en medio de sus actividades usuales, carentes de implementos con qué salvaguardar sus atuendos más queridos.
Pero hablemos de lo estrictamente concreto que puede llegar a ser la “llegada del Fin del Mundo”. Las referencias que tenemos son de origen cristiano y se fundan en el deseo de los apóstoles de volver a ver a su Señor. Éstos, viendo ascender a Jesús a los Cielos y padeciendo este suceso, escucharon las definitivas palabras que Él les dijo: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Hechos 1:11. Desde ese entonces las versiones de su llegada inminente precedida por varios presagios anunciados por el mismísimo Jesús (“Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores”. -Mateo 24:4-8.) se han presentado en la historia con el comienzo del primer milenio cristiano y luego en el año mil treinta y tres, cuando se cumplía un milenio de la muerte del Cristo.
De ahí en adelante, cada vez que una serie de extraños fenómenos naturales y hecatombes engendradas por el delirio humano se hacía presente, no faltaba aquel o aquellos que, reuniendo una cohorte secular, comenzaban a destilar su frenesí apocalíptico. Con el paso de los siglos esta idea de la desaparición del mundo se instaló en el inconsciente colectivo de la humanidad, pero fue retocado sucesivamente ( a la manera de los versos de Homero) por los diferentes intérpretes.
Haciendo aquí una breve reflexión podríamos ensayar que, conociendo la preferencia de El Salvador a exponer sus enseñanzas en forma de parábolas, lo más probable es que aquellas palabras finales tal vez hayan sido simbólicas y no literales. Pero algo sí es cierto, estamos atravesando unos momentos mundiales donde reina el más absoluto sinsentido; y tal vez coincidamos con aquellas palabras de Jesús en las que menciona la aparición de pestes, hambre, desolación y sufrimientos varios, y nación se levantará contra nación. No se puede desconocer esa realidad tan duramente instalada por el desatino de los pueblos y la torpeza de sus gobernantes, que es tal vez la cíclica repetición de sucesos de los que no hemos podido evadirnos con los tan variados “logros de nuestra civilización”.
Podríamos conjeturar, además, que esos signos han aparecido ya muchas veces en la historia y que están presentes en este momento. Pero tomando el significado simbólico de esas palabras que anuncian el fin, me atrevería a decir que el fin del mundo sí está cerca pero es el fin de “un mundo” o de “una forma de entender el mundo” o una forma de “creer que el mundo es”. Una forma que ha llevado a los odios más oscuros, una forma que ha sumido al hombre en las más variadas aflicciones y que lo ha hecho ser esclavo de otros hombres para el exclusivo beneficio de estos últimos. Unos odios tan renegridos como los cielos cargados de nubarrones que presagian el fin; unas aflicciones tan ardientes como el fuego que respiran los bravos corceles de los jinetes que pisotearon los últimos vestigios de dignidad que a algunos hombres les quedaban; una esclavitud tan atroz como los millones de voltios que descienden en forma de rayos de ese “cielo” gobernado por las mentes menos brillantes que ha dado la humanidad.
No creo, en todo caso, que haya que imaginar un final para todas aquellas cosas que han sido y son logros del quehacer humano más sincero; ni tampoco que haya que esperar unos signos venidos necesariamente por una orden divina. Tal vez lo más sensato sería que podamos entender los signos ya instalados hace tiempo, que revelan los excesos del más abundante de los signos: el horror impune con que se ha venido dando tratamiento a las tan variadas formas de “entender” la civilización. Tal vez algún día pueda ser que, como decía mi abuela, a esas surtidas formas de atrocidad humana les llegue verdaderamente “el fin del mundo”.

¿Chusmerío de Barrio o Inteligencia encubierta?

Con las primeras luces de la mañana, sin importar la estación del año, el frío o el calor, comienzan a poblar nuestras veredas esas mujeres de floridos batones, caderas amplias sicilianas y, en la mayoría de los casos, de ampulosos pechos que nunca sintieron otro contacto, según dicen, más que el de la tierna succión de sus lactantes.
Ya sea con el oficio de custodiar edificios (mal llamado “portería”), o detrás de los mostradores de panaderías y despensas, o bien con la sola ocupación de “hacer los mandados”
(porque a su edad gozan de jubilación o una pensión por viudez) estas señoras hormiguean laboriosamente, durante las mañanas y las tardes que suman frustraciones a nuestros deseos de eterna juventud. Estas “comadres” a las que uno, por costumbre quizá, saluda indiferentemente y que es tan habitual tener por vecinas (y aquí un irónico Borges preguntaría: “Vecinas a qué…”) poseen la valiosísima información de nuestras actividades y rutinas.
Con el sistema más antiguo del mundo, utilizado para que la memoria de los pueblos no fondeara en las insondables plataformas del olvido, ellas transmiten oralmente la información acerca de quienes somos, la edad que tenemos, ocupación, oficio o profesión, estado civil, composición familiar y otros accidentes sociales.
Nunca olvidaré la estupefacción que sentí cuando, con motivo del fallecimiento de mi padre, recién llegados de su entierro en suelo santo y sin haber notificado en el barrio tal suceso, la señora que atiende un improvisado kioskito inaugurado en la ventana de una habitación cualquiera de su domicilio particular, me dijo que lamentaba mi pérdida y, persignación mediante, manifestó su deseo por el descanso eterno de mi progenitor en ese Cielo “del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” reservado para las almas nobles.
Días después y con el entendimiento más claro debido al impacto de tal evento, deduje que tal información la había extraído de sus exaustivas requisas a la sección “Necrológicas” del matutino de nuestra ciudad. Pero mi horror no concluyó en esto, sino en las posteriores cojeturas que, mediante el empleo de la lógica (si es que alguna me quedaba entonces), realicé como lectura de tan llamativo hecho, al menos para mí. Primero: para saber que el fallecido era mi padre debía contar con la información de los datos filiatorios entre mi padre y yo. Segundo: debería saber además quién era la persona física que fue mi padre y a eso sumarle la pericia de saber quién era la persona física de su hijo, en este caso yo. Tercero: ya poseedora de esos datos, sostener la soltura (o desfachatez) de darme a conocer su entendimiento acerca de la antedicha información perteneciente a mi padre y a mí. Todo esto me horrorizó por un instante.
Deduje además que muchas de estas “comadres” que conviven entre nosotros, bajo la piel de afables vecinas de barrio, hacen un minucioso trabajo de inteligencia conformando un inventario, a veces incluso, de las cuestiones más intimas de nuestra circunstancia terrena. En este punto no sería inútil advertir acerca del peligro de esta actividad que se desarrolla de la manera más inocua delante de nuestras narices. Por ejemplo, la información que estas “comadres”( y no sería aventurado llamarlas “comadrejas”) poseen de los movimientos de una familia tipo en sus actividades cotidianas, horarios escolares de los niños, de trabajo de los padres y de sus actividades extracurriculares pueden, develados ante una oreja oportunista, favorecer el desvalijamiento de su domicilio y de todo lo que en el inmueble se encuentre.
La noticia del cobro de una jubilación o pensión, trasladada incluso por ellas mismas, puede derivar en un atraco y sustracción del cambio chico que perciben a tal efecto. Las intrincadas precauciones de un esposo infiel para no ser descubierto en el curso venturoso de sus amoríos pueden desvanecerse con la inocente mención, en una carnicería por ejemplo, de una rutina traicionada o por la sola denuncia de que fue visto con “una chica muy linda floreándose por el barrio” en ausencia de quien fuera su esposa, casada con el indivíduo en primeras nupcias.
Sabido es que los servidores públicos representantes de la Ley en las calles conocen bien este sistema de inteligencia “parapolicial” y son los primeros en acudir a ellas ante el hallazgo de un occiso en una propiedad horizontal o en sendos edificios céntricos. Ellos sin saberlo comparten la misma vocación de sondear las actividades de civiles en el devenir diario de sus ajetreadas vidas. Y no sería desacertado aquí exponer la teoría de que estas “comadres” forman parte de una Agencia Secreta de Inteligencia Encubierta creada a los efectos de mantener controladas todas nuestras actividades.
Llegadas a cierta edad deben ser rigurosamente seleccionadas y perciben entrenamiento en tareas de espionaje, seguimiento y sistemas rudimentarios de lenguaje en código. Estos sistemas, luego, son disfrazados en pequeñas libretitas o tikets de supermercado en forma de anotaciones de quiniela. Una vez realizadas sus pericias transmiten probablemente a los quineleros, lo que ellas en su jerga ocultan como “su jugada”. El comprobante que retienen finalizada la operación son las órdenes en donde figura el inicio de una nueva misión asignada. Estos “quineleros”, por otra parte, también son agentes encubiertos que oportunamente fueron entrenados por el mismo sistema, que ocasionalmente les impartió tales conocimientos en los planes vacacionales dedicados a la Tercera Edad.
Es durante esos lapsos, en que las madres deben explicar a sus pequeños que “los abuelitos se fueron de vacaciones a Mar del Plata”, que reciben tal instrucción. Si uno agudiza sus sentidos lo suficiente se da cuenta que traen otra mirada en el semblante. Claro, este cambio no es notorio porque se supone que vinieron más distendidos. Pero la verdad oculta detrás de esos rostros tiernos, remarcados por el desvanecimiento de la juventud, es que con los conocimientos adquiridos por la instrucción, ahora cuentan con el respaldo de una de las mejores Agencias de Inteligencia del mundo. Ya en posesión de tales destrezas tienen carta libre para zambullirse en el invisible arte que derrotó naciones y desactivó a tiempo los más cuidados planes para dominar el mundo: el Arte del Espionaje.
Por último, y habiendo llegado a estas conclusiones por el método empírico, me he vuelto más precavido. Altero mis rutinas diariamente para que no puedan llegar a la certeza de mis horarios. Ya he cambiado de ocupación varias veces en la última semana, haciéndome pasar por cardiólogo, vendedor de libros de cocina, ingeniero en físico-química, astronauta y empleado de correos. En mi casa las precauciones no son menores, ya me he acostumbrado a encender las luces con los pies, apago los cigarrillos con el matafuegos y fundé una granja en el fondo para no tener que salir a hacer las compras y sentir ese silencio amenazante que interrumpía sus conversaciones de repente cada vez que cruzaba el umbral de la panadería, saludándolas con un inocente: ¡Buen día!