Los Tejedores de Destinos
De tal forma, llegado el día y la hora de abordar el transporte, comienza a tejerse en nuestra imaginación la incógnita de quién será nuestro desconocido acompañante. Ya en el ingreso, cuando observamos quienes abordan el mismo transporte, naturalmente especulamos con disgustos y preferencias entre las personas que vemos ir abordando. En esos instantes en que la fila avanza, nuestras elucubraciones van desde el entusiasmo de sentarnos al lado de la joven rubia con aires de indomable, o el muchacho con rostro de poeta melancólico y sensible hasta la desazón de imaginarnos sentados junto a la robusta mujer mayor que, con voz de interminable soprano, amonesta escandalosamente al operario que le carga las extenuadas valijas y los opulentos bolsos. Para no tener la contraria fortuna de terminar al lado del acatarrado viejito, cuyos músculos conjeturamos incapaces de trasladar las imposibles cajas que tiene bajo su custodia, retrasamos nuestro embarque en la espera de un mejor candidato a compañero de viaje. Entre las opciones que no hemos contemplado se encuentra también la nulidad de compañía que, cuando se presenta en el cuadrante de nuestro pensamiento, nos deja una sensación de salobre fracaso. Lo que nos traerá una reminiscencia de pretéritas salidas escolares será la cercanía con aquél que, desde niño, ha padecido toda suerte de descomposturas y termina por convidarnos las digeridas exequias de una comida rápida, cuya devolución se exhibe con todo descaro en el piso rigurosamente alfombrado en goma. Absolutamente incordioso será el acompañante que, contrario a nuestra voluntad, nos impida terminar de leer el predestinado libro para el viaje o concretar el anhelado descanso que teníamos previsto, por su verborrea inescrupulosa que nos remite toda clase de anécdotas cuya falta de humor es ostensible.
Esta circunstancia de viajar junto a un desconocido pone de manifiesto, a la vez que nuestra imaginación más ingenua, nuestros más torpes mecanismos de voluntad. Si nuestro acompañante ha sido en suerte una mujer hermosa o un varón atractivo (en cada caso) buscaremos la forma de entablar una conversación con la inhóspita esperanza de que no esté comprometido. De esta manera, si comprobamos que no lo está, pasaremos a la instancia inmediatamente posterior, que es la de aspirar a que “suceda algo” con esa persona que ha sido de nuestro gusto. Entonces, aquí, comienza una escena tantas veces repetida por los directores de cine: para ocultar nuestro ingenuo interés, fingiremos como primera medida una especie de indiferencia con aire casual que consiste en realizar un fingido acomodamiento con la esperanzada voluntad de llamar su atención para que nos pregunte algo acerca de nuestra futura comodidad. Seguido a esto, practicaremos algún tipo de dificultad o hasta lo incomodaremos amablemente con alguna cuestión menor para reforzar esa llamada de atención que todavía no ha conseguido sus anhelados frutos. Una vez que el desconocido vecino de asiento nos interpele sobre nuestro confort, soplará una reconfortante brisa templada en triunfo. Entablado este primer acercamiento, ya en diálogo, sentiremos que la delgada hebra que nos une puede cortarse por el sólo paso en falso de un entusiasta comentario carente de sentido o una acotación mal encaminada por nuestra ansiedad y nuestra ignorancia sobre las cuestiones de su agrado. Será entonces que trataremos de avivar desesperadamente esa pequeña llama, apenas encendida, sacando ocasionalmente algún improvisado tema (evitando la tan temida tríada compuesta por “religión”, “política” y “economía”), un comentario sobre preferencias personales o detallaremos alguna extensa anécdota de cualquier otro viaje realizado.
Ya sea que impostemos seguridad o timidez, que practiquemos alguna crítica sobre un hecho de actualidad o que nos remitamos a una vivencia personal, todos nuestros esfuerzos estarán direccionados hacia el objetivo de prolongar la artificiosa conversación. Y es en este punto, pasado ya un período prudente de diálogo, que se presentan las circunstancias decisivas, a saber: podemos comprobar nuestro vano esfuerzo al tomar conciencia de que el acompañante en cuestión no era tan interesante en sus puntos de vista y que no compartimos un solo parecer con esa persona; podemos darnos cabal cuenta de que dicho acompañante, por cortesía, sostiene una conversación en la que no está interesado en lo absoluto con lo cual trataremos de concluirla de la manera más decorosa posible para que nuestra frustración no quede obscenamente expuesta; o, por último, podemos descubrir un interés en nuestra persona que nos haga entablar una secreta relación, con pinceladas de pasión por medio, de la que los demás pasajeros, por estar entretenidos en llenar arduos crucigramas, escuchar música o leer, son perfectamente inconcientes. Esto último, lamentablemente, casi nunca ocurre.
En circunstancias todavía menos felices quedan los episodios en que nos veremos rodeados por quejosos ancianos (a quienes, por una larga lista de alergias, excesivos cuidados y surtidas paranoias, se sienten agredidos ya por la totalidad del reino animal, vegetal, mineral y humano), niños hiperactivos (cuya energía podría abastecer de luz eléctrica a vastos conglomerados urbanos), o charlatanas señoras que nos refieren el mural completo de sus experiencias de vida (cuyo monólogo concluye, apoteóticamente, con el relato de las desdichas y sinsabores de su rutinaria viudez). En un plano medio quedarán las posibilidades de entablar un diálogo fortuito con personas afines a nuestras preferencias que devengan en amistades por correo electrónico y otros medios de comunicación que nuestra cotidianidad y el progresivo desinterés irán diluyendo. No faltarán tampoco, aquellos que pongan en práctica una conversación que se develará finalmente en el ofrecimiento de algún producto o servicio. En tal caso puede suceder que nuestra falta de carácter nos haga caer en la trampa de adquirir algo absolutamente innecesario o bien que nos veamos en la situación de rechazarlo y padecer esos instantes de gélido silencio, con que se ornamentan los momentos incómodos e indefinidos. Luego, ante nuestra sostenida indiferencia, el sujeto antedicho, se excusará y cambiará de asiento.
A estas alturas, y después de atravesar las inconcebibles posibilidades que parten del hecho de tratar a un desconocido, ya habremos olvidado por completo que todas las circunstancias mencionadas han sido obra de esos “agentes del Destino” que son los empleados de boleterías. Ellos (o ellas, es indistinto) son las “Moiras” que desovillan, tejen o cortan nuestros destinos. Quién sabe, tal vez en esa operación aparentemente azarosa de darnos una ubicación en el asiento de un transporte haya una invisible Mano Divina que los guía y que a través de ellos materializa los destinos previstos para cada uno de nosotros.
Tal vez al cruzarnos en esos viajes diarios de corta, mediana o larga distancia nos acompaña ya un futuro amor frustrado o destinado a la felicidad perpetua, una persona que secretamente nos odia o alguien cuyo conocimiento nos será decisivo para un cambio de rumbo o un giro inesperado en nuestras vidas. Tal vez al aceptarnos, rechazarnos o sernos completamente indiferentes, vamos cumpliendo con los planes de esa Entidad Divina (o infernal, por qué no) que plasma sus designios a través de sus solapados emisarios que son los empleados de boleterías.
Quién sabe, tal vez esa misma Mano Divina (o infernal, por qué no) haya hecho que este artículo sea, en este momento, lo único que tengas para leer en este viaje.


0 Comments:
Post a Comment
<< Home