Los Esperadores del Fin del Mundo
Desde niño, cuando acompañaba a mi madre a su trabajo, (que consistía en la atención al público de un kiosco de diarios y revistas, golosinas y cigarrillos y, a veces, fortuitamente, algunos artículos de juguetería que se mezclaban en ese vasto universo de pequeñeces en el que “había que tener de todo un poco”) he presenciado la aparición escandalosa de algún que otro “profeta urbano” que encendía mi abundante imaginación pueril con la noticia inminente de la llegada del fin del mundo.
Esas noches, en que este anuncio tallaba mi desconocimiento y mi terror, eran pobladas por criaturas inverosímiles, caballeros montados en sus corceles que respiraban fuego y tantísimos paisajes de cielos gobernados por grises nubarrones, incontenibles diluvios y la desolación de no poder, al día siguiente, cruzarme a jugar a la casa de mi amigo Catriel. Luego, por la mañana, el llamado de mi madre para enfrentar la rutina de tener que ir a la escuela, disipaba todos los desastres de ensueño que se habían apoderado de mi noche.
Todos estos “profetas” que cada tanto hacían sus apariciones espectaculares sumidos en el más profundo frenesí religioso, arrojaban su intranquilizante noticia y desaparecían para siempre. Pero todo ese frenesí apocalíptico era neutralizado por el siempre repetido comentario de mi abuela que decía, y cito textualmente: “El otro día se murió la vieja de la florería, a esa sí le llegó el fin del mundo…” Este comentario, aunque impreciso, me devolvía la tranquilidad psicológica para volver a mis rutinas infantiles.
Sin adentrarnos demasiado en los innumerables vaticinios acerca de este hecho, parece ser que el “brote” de anunciantes del fin de los tiempos es una epidemia que se presenta en las cercanías de un cambio de siglo, y mucho más en la llegada de “nuevos milenios”. Los presagios mencionados para que uno pueda estar atento a la llegada inminente del final son variados: jinetes atroces, bestias de muchas lenguas, dragones de canallesco aliento ígneo, columnas de fuego danzante, cielos renegridos que sirven de escenario para los incansables voltios que descienden a la tierra en forma de rayos y otras tantas delicias dantescas. De esta forma el desprevenido transeúnte podrá reconocerlos inmediatamente y tendrá la libertad de decidir cuál es el mejor refugio para “pasar” el fin del mundo, ya sea en su casa con su familia y amigos, en la casa de unos parientes, o tendrá que padecer, incluso en medio de esas circunstancias decisivas, una visita con chicos y todo a casa de sus suegros. Como agregado a esto, nunca faltarán aquellos que, obsesionados por estos presagios, reconozcan en alguna tormenta pasajera de verano los signos que anuncian el fin y, apresuradamente, juntaran su equipaje playero porque le prometieron a la madre que lo iban a pasar juntos y en familia.
Una vez instalados todos en sus casas, gozando de vastísimos refrigerios que compraron de camino a sus domicilios en algún supermercado que quedaba de paso, encenderán la televisión para no perderse detalle alguno del desmoronamiento del planeta que los vio nacer. Los más audaces reporteros estarán en las calles relevando paso a paso cualquier cambio que se produzca y no tendrán que hacer mayores esfuerzos puesto que el fin del mundo sucederá en todas partes. Ya no serán necesarias esas arduas coberturas en países extraños donde predominan las guerras de guerrillas o un golpe de estado ha desatado una revuelta civil, basta con salir a la puerta de sus redacciones para conseguir la noticia que antes les insumía el traslado a zonas geográficas de adversas circunstancias y de hostilísimos climas.
Las calles se verán convertidas en grandes hospederos de toda suerte de libertinos que tratarán de sacarle una ventaja, aunque más no sea definitiva, a esta debacle del orden social. Pondrán sus puestos con remeras, prendedores, corbatas, gorras y toda suerte de suvenires que conmemoren tamaño evento mundial. Pilotines y paraguas estarán esperando su exhibición y venta en caso de que el tan anunciado fin se despache a gusto con un diluvio divino y encuentre a los menos precavidos en medio de sus actividades usuales, carentes de implementos con qué salvaguardar sus atuendos más queridos.
Pero hablemos de lo estrictamente concreto que puede llegar a ser la “llegada del Fin del Mundo”. Las referencias que tenemos son de origen cristiano y se fundan en el deseo de los apóstoles de volver a ver a su Señor. Éstos, viendo ascender a Jesús a los Cielos y padeciendo este suceso, escucharon las definitivas palabras que Él les dijo: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo». Hechos 1:11. Desde ese entonces las versiones de su llegada inminente precedida por varios presagios anunciados por el mismísimo Jesús (“Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores”. -Mateo 24:4-8.) se han presentado en la historia con el comienzo del primer milenio cristiano y luego en el año mil treinta y tres, cuando se cumplía un milenio de la muerte del Cristo.
De ahí en adelante, cada vez que una serie de extraños fenómenos naturales y hecatombes engendradas por el delirio humano se hacía presente, no faltaba aquel o aquellos que, reuniendo una cohorte secular, comenzaban a destilar su frenesí apocalíptico. Con el paso de los siglos esta idea de la desaparición del mundo se instaló en el inconsciente colectivo de la humanidad, pero fue retocado sucesivamente ( a la manera de los versos de Homero) por los diferentes intérpretes.
Haciendo aquí una breve reflexión podríamos ensayar que, conociendo la preferencia de El Salvador a exponer sus enseñanzas en forma de parábolas, lo más probable es que aquellas palabras finales tal vez hayan sido simbólicas y no literales. Pero algo sí es cierto, estamos atravesando unos momentos mundiales donde reina el más absoluto sinsentido; y tal vez coincidamos con aquellas palabras de Jesús en las que menciona la aparición de pestes, hambre, desolación y sufrimientos varios, y nación se levantará contra nación. No se puede desconocer esa realidad tan duramente instalada por el desatino de los pueblos y la torpeza de sus gobernantes, que es tal vez la cíclica repetición de sucesos de los que no hemos podido evadirnos con los tan variados “logros de nuestra civilización”.
Podríamos conjeturar, además, que esos signos han aparecido ya muchas veces en la historia y que están presentes en este momento. Pero tomando el significado simbólico de esas palabras que anuncian el fin, me atrevería a decir que el fin del mundo sí está cerca pero es el fin de “un mundo” o de “una forma de entender el mundo” o una forma de “creer que el mundo es”. Una forma que ha llevado a los odios más oscuros, una forma que ha sumido al hombre en las más variadas aflicciones y que lo ha hecho ser esclavo de otros hombres para el exclusivo beneficio de estos últimos. Unos odios tan renegridos como los cielos cargados de nubarrones que presagian el fin; unas aflicciones tan ardientes como el fuego que respiran los bravos corceles de los jinetes que pisotearon los últimos vestigios de dignidad que a algunos hombres les quedaban; una esclavitud tan atroz como los millones de voltios que descienden en forma de rayos de ese “cielo” gobernado por las mentes menos brillantes que ha dado la humanidad.
No creo, en todo caso, que haya que imaginar un final para todas aquellas cosas que han sido y son logros del quehacer humano más sincero; ni tampoco que haya que esperar unos signos venidos necesariamente por una orden divina. Tal vez lo más sensato sería que podamos entender los signos ya instalados hace tiempo, que revelan los excesos del más abundante de los signos: el horror impune con que se ha venido dando tratamiento a las tan variadas formas de “entender” la civilización. Tal vez algún día pueda ser que, como decía mi abuela, a esas surtidas formas de atrocidad humana les llegue verdaderamente “el fin del mundo”.


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