Manual Básico de Astrología y afines
Establecidos estos necesarios órdenes, surgió también la necesidad de sondear “aquello que se veía pero no se podía tocar o alcanzar”. Los fenómenos climáticos, el firmamento nocturno, la muerte y otros sucesos naturales se volvieron el desafío de algunos hombres, que querían saber o entender o interpretar todos estos misterios que también formaban parte del tránsito terrestre. Así, las elementales conjeturas acerca de todo lo mencionado dieron lugar a las precursoras ciencias y artes, entre las que se contaban la astrología, predecesora de la astronomía actual, la alquimia, a su vez madre de la química, las elementales creencias, que dieron forma luego a las antiguas religiones (devenidas hoy, nadie sabe por qué, en eventos masivos llevados a cabo en imponentes estadios de fútbol), y la literatura y la filosofía que, tal vez aún, se conservan en su ejercicio fundamental, si bien fueron cambiando en sus formas externas.
Las primeras observaciones realizadas sobre el firmamento nocturno, dieron como resultado el nacimiento de la astrología y sus simbolismos planetarios, de manera tal que esta ciencia, en su juventud, fue el necesario acercamiento para desglosar aquello que tanto fascinaba a nuestros antepasados. El ansia de saber y de conocer hizo que el hombre de aquellos tiempos (tan aparentemente lejanos hoy) ordenara poéticamente sus primeras conclusiones del mundo en que vivía. Y tanto fue así que, en sus diversas formas culturales, surgió de aquellas elementales observaciones un variado mundo, abultado en su riqueza simbólica, mítica, y podríamos decir literaria.
Cada grupo humano que conformó una determinada cultura, llevó adelante su cosmovisión y su idiosincrasia de una manera original en la forma de entender los sucesos misteriosos que rodeaban la vida y la circunstancia particular de cada ser humano. De tal manera, en Egipto, surgió ese compilado de cartas grabadas en tablillas de oro denominado Tarot, que representan los pasajes esenciales (en sentido representativo) de toda persona que atraviesa la vida, y hasta hoy se discute el significado alegórico de su nombre, que algunos atribuyen a la palabra “Rota” (rueda, a la inversa) y el agregado de la letra T para ejemplificar la simetría y el equilibrio del Universo. Los Chinos, por su parte, descubrieron que las tan variadas actitudes humanas eran similares a las conductas de ciertos animales y cuenta la leyenda que, convocados los animales por el Buda a una suerte de cónclave zoológico, sólo acudieron doce y el orden en que fueron llegando dio lugar al nacimiento de su exótico zodíaco en el que los tipos humanos son representados de acuerdo a las características del animal que lleva su nombre. Los Vikings (como profesaba Borges que debían ser llamados y no “vikingos” porque en tal caso a la obra del escritor indio Rudyard Kipling, habría que denominarla “los escritos de kiplingo”) crearon un sencillo sistema de adivinación y consejo para el consultante, que consistía en unas rodajas extraídas de la rama de un árbol con símbolos que representan fuerzas cósmicas, marcados a fuego en una de sus caras y que se conocen hoy con el nombre de “Runas”.
En Grecia, los adivinos sondeaban el futuro y sus decisiones a través de las entrañas de las aves (tal vez de ahí provenga el placer por lo escatológico de la cultura greco-romana a la que pertenecemos) y en su forma más compleja, luego, los oráculos como el que se situaba en Delfos que consistía en la consulta a una Pitonisa o Sacerdotisa que interpretaba el mensaje de los Dioses, algo escandalosos, del Olimpo. Debemos agregar, además, que existía la prostitución sagrada, la cual era llevada a cabo también para congraciarse con los Dioses. Los Druidas, que habitaron las Islas Británicas hace más o menos tres mil años, conformaron un calendario de trece lunas (similar al de los Mayas) cuyo zodíaco tomaba su particularidad simbólica de los árboles, quienes representaban el carácter de cada tipo humano. Por último, y ya más cercano a nuestra cotidianidad cultural, encontramos el Zodíaco greco-romano cuyos nombres sabemos hoy gracias al trabajo del astrólogo griego Hiparco, quien dio su denominación a los signos que conocemos actualmente, dado que en su época la faja zodiacal (literalmente “círculo de animales”) coincidía con las constelaciones que llevan su nombre. De todas formas su simbología era anterior y provenía de los Caldeos quienes fueron los precursores en el campo de la astrología a través de la religión que profesaban, cuyo principio era, en síntesis, que la configuración psicofísica de cada ser humano era un duplicado exacto de la posición de los planetas en el instante de su nacimiento.
Esta simplificada glosa acerca de los zodíacos más populares hoy día, no alcanza para resumir la nutrida carpeta de simbologías, cosmogonías y mitologías que se han sucedido a lo largo de nuestra historia astrológica y de intentos por averiguar qué se oculta detrás de las estrellas. Sin embargo, no han dejado de estar presentes en la vida humana de todos los tiempos, puesto que tiranos, reyes, y hombres de poder en general han tenido siempre su séquito de magos, brujos y astrólogos. Éstos, acudían a las denominadas “artes adivinatorias” para iniciar una campaña militar, consultar el destino de los asuntos de estado y también las particulares cuestiones amorosas, porque, en todo caso, su carácter de líderes políticos no los eximía de los pormenores que atañen a cada ser humano cuando se trata conquistas sensuales. De tal suerte resulta que las inquietudes de conocimiento que los antiguos tenían fueron deviniendo, con las civilizaciones modernas, en consultas acerca del destino, el futuro de sus relaciones comerciales y afectivas, y (cuándo no) acerca de la favorabilidad de los astros para acertar un número a la lotería y otros juegos de azar.
En el plano personal, y con la masificación de conocimientos que se ha alcanzado hoy gracias los medios tecnológicos, tenemos actualmente la posibilidad de consultar todo tipo de horóscopos en páginas de Internet y decidir con cuál de todos ellos quedarnos más tranquilos en lo que a cuestiones individuales nos atañe (tal como los antiguos griegos hacían con las diversas divinidades que, cuando no les eran favorables, comenzaban a rendirle culto a otra que estuviera dispuesta a ofrecer los consejos que esperaban escuchar los consultantes y no los adversos, emitidos por las divinidades ya desplazadas de la fe). Tomándonos simplemente el pequeño trabajo de acceder a los buscadores virtuales podemos hallar que somos Capricornio, en el Greco-romano (como quien esto escribe), Búfalo, en el Chino; Abedul en el Druídico o Celta; Murciélago, en el Maya, Caña, en el Azteca, y terminar descubriendo la complejidad de flora y fauna que somos, simbólicamente hablando.
La oleada de consultas que hoy se realizan a astrólogos, tarotistas, brujos, parapsicólogos y toda suerte de clarividentes, no nos separa mucho de aquellos soberanos que eran aconsejados por todo un séquito de científicos antiguos. Nosotros, también como soberanos de nuestras propias decisiones, tememos que una mala elección nos conduzca al desastre, por ejemplo en un acercamiento amoroso. Tal vez sea por eso que, al momento de acercarnos a una señorita o en el caso de las damas que son abordadas por un caballero (y ante la perplejidad de no tener nada mejor de que hablar) la primera cuestión que puebla inmediatamente nuestro pensamiento es la inquisición acerca de a qué figura zodiacal pertenece. Luego evaluamos, de acuerdo al cuadro de compatibilidades astrológicas, la conveniencia o el perjuicio que la asociación con la antedicha persona nos podría ocasionar. En este orden es que el curso de nuestra vida va tomando determinados rumbos y no está demás alertar a aquellos que, pendientes de la beneficencia de los astros, se topen con un escéptico al respecto de estos temas. En tal caso, es aconsejable estar previamente instruidos en cuestiones de cultura general para no padecer una negativa ante nuestro cuestionamiento acerca del signo zodiacal que presidió su nacimiento y quedarnos en esa incomodidad que se presenta cuando dos personas comparten esos silencios que no encuentran punto de conexión alguno. Luego, en apartado general, estarán los frenéticos adherentes al horóscopo que no nos permitirán responder de antemano respecto de nuestro signo y pondrán a prueba su intuición y su pericia en asuntos astrales tratando de deducir de nuestras actitudes, las características del signo que nos rige.
Cabe reflexionar aquí que, bien sea verdad o no la influencia de los astros en el instante inicial de nuestras vidas y su desarrollo, la mirada tal vez ingenua del hombre de la antigüedad que elevaba sus ojos al cielo e imaginaba toda suerte de criaturas, dioses e historias y mitos para explicarse el funcionamiento de las fuerzas que desconocía, era al menos poéticamente mucho más bella que la esterilidad científica del mundo actual.
En el presente, quizá tengamos mayor noticia acerca de cómo se suscitan los fenómenos climáticos y las fuerzas que rigen más menos nuestro planeta, pero este devenir de las ciencias antiguas en modernas nos ha confinado a vivir en una suerte de calabozo que puso, al menos momentáneamente, un cerrojo a nuestra imaginación poética. De tal forma, el precio de nuestra tranquilidad racional nos ha conducido a la cómoda resignación de arrellanarnos en los amplios sofás de la información científica. Éstos han cobrado tal presencia en nuestras vidas que nos vemos impedidos ya de avizorar, que una tormenta en el horizonte no corresponde al desacuerdo de los Dioses por nuestras desenfrenadas conductas colectivas, sino más bien (y de manera más desencantadora) que el pronóstico para la tarde hoy anuncia chaparrones costeros y una corriente fría del sur se avecina, con tormenta y lluvias para todo el fin de semana.


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