Las Sinfonías de este Mundo
Con la llegada de la máquina a vapor, esos pregones a capella comenzaron a ser eclipsados por la nueva ideolgía reinante, “el progreso”, que era una mezcla de mecánica, de invento y de precaria ciencia. Luego el señor Henry Ford aportó su cuota de bullicio y de industria con la fabricación en serie del motor a explosión, que rápidamente poblaría las pintorescas calles de adoquin, las cuales comenzaban ya su claro destino de anacronismo. Los tranvías, antes tirados por caballos, también iban a padecer su transformación hacia el progreso con la reforma de su alimentación eléctrica.
Este in crescendo de la sociedad urbana fue acogido de tal forma que en unos pocos años acudimos a la llegada del opulento mecanicismo acompañado por el rigor científico que se tradujeron en una primera guerra mundial, una crisis del año treinta con desocupación y hambre por la sustitución del hombre por la máquina, una segunda guerra mundial con su vedette de turno, la bomba nuclear, y otros tantos insturmentitos manipulados por ese señor de permanente habano en los regordetos dedos oprimidos por anillos de oro y de sonrisa ancha, satisfecha, exitosa, denominado “El Progreso”.
La fiebre de progreso se instaló en la sociedad como un pulpo cuyos tentáculos abarcaban todos los aspectos de la vida moderna. El paradigma cientificista ofrecía la sensación de una humanidad camino a la evolución y superación en todos los campos que preocupaban existencialmente al hombre: la salud, el descubrimiento de los secretos procesos naturales y los fenómenos climáticos y, hasta los más extravagantes deseos de inmortalidad. Todo esto incrementó la idea de que “el porvenir” (otro señor opulento pero de refinadas formas y casi con aspecto de espigado Lord inglés), estaba en asegurarse el estudio en las universidades, que eran, en ese momento, los “Templos de Sabiduría” dedicados a la “Diosa Razón” del alemancito Kant.
La industrialización sofisticada y el progreso instalado como paradigmas humanos llevaron con los años a la idea de “confort”, cuyo significado ha variado con los tiempos pero siempre bajo la misma idea: facilitar la vida de aquellos que, teniendo menos tiempo por estar ocupados en escalar la casi perpendicular pendiente del éxito social, no podían encargarse ya de las tareas domésticas. Ahora la batalla del hombre era contra el tiempo. Las exigencias de jefes intolerantes hasta el absurdo, la manutención de hermosas mujeres devenidas en amas de casa(y en asiduas clientas de peluquerías en donde intercambiaban noticias y envidias por la adquisición de elementos que representaban al nuevo orden) y de hijos que como pichones abrían sus picos reclamando comida, ropa y útiles escolares, y la preocupación social de tener que exhibir los frutos de prosperidad alcanzada, hicieron que tanto las industrias como los consumidores urbanos, adhirieran con facilidad a las nuevas tendencias de lo confortable.
Así fue que llegamos a estos tiempos en los que no es raro encontrar aparatos de manufactura japonesa que se hallan a la vanguardia de los excesos creativos. Tal como antes nos resultaba exótica y fascinante su cultura ancestral, ahora nos sorprende lo exótico de las funciones que ofrece cualquier aparatito que provenga de “la tierra del sol naciente”.
Electrodomésticos con posibilidades que rayan en la ciencia ficción, automóviles con control computarizado y radar en ruta, pequeños teléfonos celulares con cámara de fotos, filmadoras digitales que ofrecen la posibilidad de editar los propios videohome y otra tanta cantidad de elementos de sofisticada fabricación que sería muy extenso de detallar en este artículo.
El hecho puntual es que con esa brutal carrera hacia “el Futuro” (una especie de joven atractivo, carismático y emprendedor) nuestro mundo se fue poblando de distintos instrumentos que configuraron la “Nueva Sinfonía” de los simpáticos soniditos que provienen de tales artículos “electro-ficticios”. Habitualmente se escuchan poderosas alarmas para automóviles lo bastante sensibles como para que un chasquido de dedos las haga sonar, timbres de toda clase que nos anuncian la inminente salida de otros vehículos (tan sofisticados como los anteriores) de una cochera. Exclusivos ringtones de teléfonos celulares que otorgan la fantasía de individualidad en medio de la masa a una incontable cantidad de indivíduos que se diferencian con sus otros “exclusivos ringtones”. Máquinas de videojuegos cuyo volúmen le avisa tanto al participante como a los ciudadanos de varios kilómetros a la redonda que éste primero ha superado una nueva etapa del juego e innumerable cantidad de entretenimientos modernos que nos informan histéricamente de su transitoria existencia.
Con tanta profusión de escandalosos aparatos, nuestro carácter ha “progresado” hacia las necesidades más innecesarias de adquirir toda clase de simpáticos elementos que luego terminamos por odiar profundamente. Hace más o menos veinte años una acción recurrente era la de desconectar el timbre y el teléfono hogareño para poder descansar, aunque más no sea, un par de horas y luego retomar la avasallante actividad del día. Hoy por hoy, pareciera que hemos perdido la capacidad de detectar esa necesidad de silencio porque la gran sinfonía de inverosímiles sirenas nos ha ganado la costumbre. Es un permanente zumbido el de las grandes urbes que nos impide acceder de tal forma al silencio que, cuando por algun avatar divino lo encontramos, nos sentimos como perdidos y buscamos deliberadamente nuevos ruidos, como si esa ausencia de estímulos auditivos nos sumiera en la más indeseable de las muertes.
El sabio esotérico Pitágoras, cuyo origen aún se discute, hablaba de una Música de las Esferas, que siendo anterior al hombre en la tierra era inaudible, dado que su sonido era permanente e ininterrumpido, es decir, al carecer de un silencio que denote la ausencia de ese sonido nunca extinto, no había posibilidad de comparar su ausencia o su presencia. Y agregaba, además, que él era el único capaz de escucharla puesto que había alcanzado una sensibilidad cósmica. Tal vez nos pase que, como decía Pitágoras, no podamos escuchar ya silencio alguno por el permanente zumbido al que se han acostumbrado nuestros oídos.
No podemos desear aquello que no tenemos noticia de su existencia o que ya hemos olvidado que tal fenómeno aún existe. Lo mismo sucede cuando uno se encuentra en su casa y el rumor de la heladera, al que ya nos habíamos acostumbrado inconcientemente por un rato, se detiene. Es en ese silencio que podemos detectar, por comparación, la existencia de un silencio que fuimos perdiendo la capacidad de apreciar. Por estos tiempos, el incesante rumor de todo tipo de aparatos (japoneses o no) y nuestra bulliciosa forma de vida nos ha convertido en los espectadores de esa “Sinfonía del Nuevo Mundo”, cuyo director todavía es ese señor regordete de sonrisa ancha, satisfecha y exitosa que llamamos “El Progreso”.


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